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Viernes, 2 de octubre de 2026
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Raíz Salteña

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Tocar un instrumento, un atajo que la ciencia empieza a escuchar: qué halló un estudio en 76 chicos argentinos y por qué no alcanza para celebrarlo

Una investigación de la Universidad Northeastern dividió a 76 niños de 7 a 9 años según su formación musical y encontró mejores puntajes en memoria, razonamiento, lectura, escritura y matemáticas entre quienes practicaban. El propio equipo advierte: el diseño no permite afirmar que las clases de música sean la causa de la ventaja, y el costo de la formación sigue siendo una barrera para muchas familias.

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Micaela YapuraComunidades y territorio · · 5 min de lectura
Tocar un instrumento, un atajo que la ciencia empieza a escuchar: qué halló un estudio en 76 chicos argentinos y por qué no alcanza para celebrarlo

Soy Micaela Yapura y esta nota la firmo desde el rincón de Comunidades y territorio, donde hace tiempo sigo de cerca cada investigación que toca la vida cotidiana de las familias. La que llegó esta semana desde Boston, firmada por académicas de la Universidad Northeastern, vuelve a poner sobre la mesa una pregunta que los padres y las madres se hacen todo el año: ¿tiene sentido real anotar a un nene o una nena en clases de música, más allá del gusto? La respuesta del estudio es tentadora, pero viene con asteriscos grandes, y a mí me parece honesto desgranarlos uno por uno antes de sacar conclusiones en el comedor de casa.

El equipo reunió a 76 chicos de entre 7 y 9 años y los separó en dos grupos equivalentes por edad, sexo y nivel socioeconómico. La mitad practicaba un instrumento, con un piso de 30 minutos semanales; la otra mitad no tenía formación musical. Predominaban el piano y los instrumentos de cuerda. Cuando los compararon, los que tocaban sacaron mejores puntajes en memoria de trabajo, razonamiento, vocabulario y aprendizaje visual y auditivo. En las pruebas escolares, la diferencia se extendió a comprensión lectora, ortografía, reconocimiento de palabras y matemáticas. Los investigadores también hicieron resonancias a 50 participantes y observaron una diferencia en una vía cerebral que conecta regiones vinculadas con audición, lenguaje y movimiento.

Qué se pone en juego cuando un nene toca

La explicación que más me convence, y que las investigadoras repiten en sus papers, es cognitiva y a la vez muy concreta. Tocar un instrumento exige leer una partitura, sostener el ritmo, coordinar las dos manos y, al mismo tiempo, escuchar al resto. Esa gimnasia simultánea entrena lo que en neurociencia se llama funciones ejecutivas: planificar, sostener la atención, controlar los impulsos y adaptarse cuando la partitura cambia. La profesora de música Psyche Loui, de Northeastern, lo vincula directamente con ese paquete de habilidades que después un chico necesita para resolver un problema de matemática o terminar una tarea sin distraerse a cada rato.

La investigadora y educadora musical Anita Collins, una referente que suelo citar cuando el tema entra al aula, suele resumirlo con una frase que me parece de las más justas: aprender un instrumento es, en los hechos, un entrenamiento de la escucha, la planificación y la autorregulación. No es magia, es repetición con propósito. Y eso conecta con la memoria de trabajo, esa capacidad de sostener información unos segundos mientras se la usa, la misma que entra en juego cuando un chico retiene una consigna y, al mismo tiempo, busca cómo resolverla.

Por qué este estudio no zanja la discusión

Acá aparece la cautela que el propio equipo se encarga de marcar y que a mí me parece central antes de correr a inscribir a los chicos en la academia del barrio. Los participantes no fueron asignados al azar a recibir clases de música o a no recibirlas. Las familias que eligen y pueden sostener esa práctica también tienden a ofrecer otras experiencias educativas: libros en casa, conversaciones, tiempo de calidad, incluso la posibilidad de llevar a los chicos a ensayos o conciertos. Los autores intentaron controlar esa variable comparando grupos de condiciones socioeconómicas similares, pero el emparejamiento no borra del todo la influencia de todo lo demás que rodea a un nene que toca el piano los sábados.

En lenguaje llano: el estudio encontró una correlación muy interesante, no una causalidad probada. Los chicos con formación musical rindieron mejor en una batería amplia de pruebas, sí. Pero eso no nos permite asegurar que las clases de música sean las que explican la diferencia, ni que cualquier chico, con solo anotarse un trimestre, vaya a obtener esos mismos saltos. Es un paso más en una línea de investigación que viene creciendo hace años, no una sentencia definitiva.

La barrera que el paper no puede tocar

Hay un punto del trabajo que me dejó dando vueltas, porque pega de lleno en lo que vemos en los barrios. Las propias investigadoras reconocen que el costo de la formación musical puede limitar el acceso. Un instrumento, las clases particulares, el traslado, el tiempo de los padres: todo eso pesa mucho más en los hogares donde el ingreso no sobra. Entonces, lo que el estudio describe como ventaja cognitiva corre el riesgo de convertirse, otra vez, en un beneficio para los chicos que ya tienen otras ventajas. La música, que podría ser una herramienta de equidad, termina replicando la desigualdad si el Estado y las comunidades no se ocupan de garantizar el acceso.

Mientras en los papers la discusión suena abstracta, en el territorio la pregunta es muy concreta: cuántas orquestas escolares, cuántos programas municipales de becas para instrumentos, cuántos talleres barriales con docentes formados están llegando a los pibes que más los necesitan. La ciencia aporta pistas valiosas sobre lo que la música puede hacer por un cerebro de 7 años. Ahora falta que esa evidencia se traduzca en política pública, porque de lo contrario volvemos a hablar de un privilegio con apellido.

  • Memoria de trabajo, razonamiento y vocabulario: los chicos que tocaban un instrumento obtuvieron mejores puntajes en estas pruebas cognitivas que quienes no tenían formación musical.
  • Rendimiento escolar: las diferencias se extendieron a comprensión lectora, ortografía, reconocimiento de palabras y matemáticas, siempre a favor del grupo con práctica musical.
  • Habilidades entrenadas: leer partituras, sostener el ritmo y coordinar movimientos exige planificar, sostener la atención, controlar impulsos y adaptarse a cambios, según Psyche Loui, profesora de música de Northeastern.
  • Voz de consulta habitual: la investigadora y educadora musical Anita Collins, referente a la que suelo recurrir en estas notas, suele subrayar que aprender un instrumento entrena escucha, planificación y autorregulación.
  • Diseño del estudio: 76 niños de 7 a 9 años divididos en dos grupos equivalentes por edad, sexo y nivel socioeconómico, con un mínimo de 30 minutos semanales de práctica, predominio de piano y cuerdas, y resonancias a 50 participantes que mostraron diferencias en una vía cerebral asociada a audición, lenguaje y movimiento.
  • Lectura con cautela: al no ser un ensayo aleatorio, los autores aclaran que no se puede afirmar que las clases de música sean la causa directa de las diferencias observadas; el costo de la formación aparece como una barrera de acceso que el propio trabajo señala.
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Micaela YapuraComunidades y territorio

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