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Domingo, 11 de octubre de 2026
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Bajar de peso no se trata solo de qué comimos: lo que la psicología puede hacer por los tratamientos que fracasan

Un metaanálisis de 37 estudios y las recomendaciones de la OMS coinciden en que la obesidad exige un abordaje que contemple lo emocional, lo conductual, lo nutricional y lo médico. La terapia de aceptación y compromiso aparece como la intervención psicológica con evidencia más sólida para sostener los resultados a largo plazo.

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Micaela YapuraComunidades y territorio · · 3 min de lectura
Bajar de peso no se trata solo de qué comimos: lo que la psicología puede hacer por los tratamientos que fracasan

Trabajo como periodista en este portal hace varios años y nunca me tuve que tocar para entender que las grandes dificultades, muchas veces, se atienden en el lugar equivocado. Bajar de peso, por ejemplo, no se trata únicamente de comer menos y moverse más. El hambre, el descanso, el estrés, el estado de ánimo, la genética y el entorno alimentario inciden de manera directa en la relación con la comida y en la posibilidad concreta de mantener los cambios con el paso del tiempo. Cuando los tratamientos se limitan a entregar una pauta de alimentación y una rutina de ejercicio sin contemplar los factores emocionales y conductuales que atraviesan a cada persona, los resultados suelen ser difíciles de sostener y la frustración aparece tarde o temprano.

Lo que dice la OMS y lo que confirma la evidencia

La Organización Mundial de la Salud sostiene que la obesidad surge de la interacción entre una susceptibilidad biológica propia de cada individuo y las influencias ambientales y psicosociales que nos atraviesan. Por eso, el organismo recomienda una atención multimodal, es decir, un abordaje que integre intervenciones conductuales, nutricionales, psicológicas y médicas, siempre adaptadas a las necesidades reales de quien consulta. Esa mirada integral, lejos de ser un lujo, aparece como una de las claves para que los tratamientos no se frustren a los pocos meses.

En esa línea, un metaanálisis que revisó 37 estudios, incluyendo 21 ensayos clínicos aleatorizados, encontró resultados favorables de las intervenciones psicológicas frente a los abordajes mínimos o habituales en el manejo del peso. La investigación, publicada en Obesity Reviews, señaló que la terapia de aceptación y compromiso fue la que presentó la evidencia más consistente de eficacia en el seguimiento posterior a los 18 meses. Para quienes alguna vez recayeron después de una dieta, esos meses no son un detalle: representan la diferencia entre un cambio pasajero y un proceso que efectivamente se sostiene.

La genética, el cuerpo y las respuestas rígidas que sabotean

A esos factores se suma la genética, que tiene un papel concreto y muchas veces subestimado. Ciertas variantes genéticas influyen en los mecanismos cerebrales que regulan el hambre y la saciedad; otras intervienen en el metabolismo, es decir, en la forma en que el organismo usa y almacena energía. Esas diferencias explican, en parte, por qué personas con planes alimentarios parecidos pueden obtener resultados tan distintos. No se trata de voluntad ni de esfuerzo: se trata de biología que condiciona.

  • El estado emocional y el nivel de cansancio afectan la capacidad de sostener decisiones vinculadas con la alimentación, porque comer es también un acto regulado por lo que sentimos.
  • Una respuesta rígida ante un desliz en la comida, del tipo todo o nada, puede generar la sensación de haber perdido el control por completo y derivar en comer de forma desinhibida.
  • Una respuesta más flexible permite reconocer el episodio sin interpretarlo como el abandono de todo el proceso, lo que protege el avance a largo plazo.
  • La Sociedad Europea de Cardiología plantea que el tratamiento de la obesidad requiere un abordaje prolongado que combine alimentación, actividad física y aspectos psicológicos, orientado a cada persona.

Mientras tanto, en los barrios de a diario, esta manera de pensar los tratamientos choca contra una realidad que me tocó cubrir reiteradamente: personas que peregrinan de profesional en profesional, que gastan cifras que no siempre pueden sostener y que, aun así, vuelven a recuperar el peso perdido. La brecha entre lo que recomienda la evidencia internacional y lo que efectivamente llega a la consulta es enorme, y esa brecha tiene nombre y apellido: sigue siendo la falta de cobertura integral y de equipos interdisciplinarios accesibles. La deuda, en definitiva, no es solo del paciente con el espejo: es de los sistemas de salud con la evidencia que ya tienen sobre la mesa.

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Micaela YapuraComunidades y territorio

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