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Lunes, 5 de octubre de 2026
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Raíz Salteña

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Ad Astra: la búsqueda de un padre que se vuelve viaje hacia adentro

La película de James Gray con Brad Pitt convierte una misión al borde del sistema solar en una revisitación de los lazos entre un hijo y la figura paterna que admiró toda su vida.

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Sergio TolabaFolclore y cultura · · 5 min de lectura
Ad Astra: la búsqueda de un padre que se vuelve viaje hacia adentro

Me animé a verla por recomendación de un vecino del barrio, que me la venía ofreciendo desde hacía meses con esa insistencia de los cinéfilos de toda la vida. Recién ahora entendí por qué no me la quería spoilear. La película de la que hablamos se llama Ad Astra, la dirigió James Gray y tiene a Brad Pitt como protagonista absoluto, y lo que en principio parece una aventura espacial termina siendo, antes que nada, una historia de ausencias familiares, de esas que a uno le remueven cosas que creía tener bien ordenaditas en el placard de los recuerdos.

Un astronauta con el pulso bajo y la mochila llena

Roy McBride, el personaje que encarna Pitt, es un astronauta de manual: mide su pulso como un reloj, mantiene la calma cuando todo a su alrededor se desmorona y cumple órdenes con una frialdad que deslumbra a sus superiores. Esa misma frialdad, claro, es la que lo define como hijo. Porque Roy creció con la sombra enorme de un padre que desapareció hace décadas, cuando se embarcó en una expedición hacia los confines del sistema solar en busca de vida inteligente, y nunca más se supo de él. La película arranca, entonces, con un accidente en una enorme antena espacial y con el rumor de que aquella misión perdida podría seguir activa, y a Roy lo mandan a buscarla. Y, de paso, a buscar a su viejo.

Lo que me gusta del planteo es que no hay villanos disfrazados de alienígenas ni amenazas interplanetarias a gran escala: la verdadera amenaza es interior, y la misión espacial funciona como una excusa enorme, luminosa y cara para que un hijo se haga preguntas que arrastra desde chico. La Luna y Marte aparecen como escalas del viaje, con sus bases, sus Colonias y esa sensación de que la humanidad se fue expandiendo hacia afuera mientras se fue vaciando, paradójicamente, por dentro. La fotografía de Hoyte van Hoytema se luce en esos paisajes: el silencio del vacío, la inmensidad que empequeñece, los reflejos en los cascos, las luces de las naves, todo al servicio de una sensación de aislamiento que se vaagudizando a medida que Roy se aleja de la Tierra.

El peso de la admiración y la cuenta pendiente con un padre

Porque el verdadero motor de Ad Astra, y acá viene lo que a mí me pegó fuerte, es la relación con el padre. Roy construyó su vida alrededor de la imagen de ese hombre que admiró desde chico, un astronauta brillante al que todos llamaban héroe, y la película va mostrando, de a poco, que esa admiración vino mezclada con una distancia enorme, con silencios que pesaron, con la sensación de no haber alcanzado nunca el modelo. La cita que más me resonó, de un modo casi rioplatense, fue esa idea de que uno termina buscando a su padre para terminar de entenderse a sí mismo, y la película la trabaja con paciencia, sin golpes bajos, con esa melancolía cuidada que sabe manejar muy bien James Gray.

No quiero spoilear demasiado, pero les cuento que el viaje tiene persecuciones por la Luna, escenas de acción en Marte y unos tramos de suspenso bien logrados, sobre todo cuando Roy baja a una zona de la Tierra devastada por una tormenta de rayos cósmicos. Pero lo importante, lo que queda dando vueltas en la cabeza después de los créditos, no son las secuencias de acción sino las conversaciones, los recuerdos, las decisiones que toma un tipo que se pasó la vida siendo funcional y que de golpe se encuentra cara a cara con la cuenta pendiente más grande que tenía. En ese sentido, Ad Astra es un drama con casco y traje espacial, no una space opera al uso.

  • Es una película para ver con tiempo y en silencio, no en una pantalla chica mientras uno mira el celular.
  • Funciona muy bien para quienes gusten de films como Interestelar o Gravity, aunque va más lento y es más introspectiva.
  • Se disfruta más si uno tiene hijos, o si uno es hijo, o si uno viene renegando con la figura paterna desde hace rato.
  • La actuación de Brad Pitt está en su modo contenido, lejos de las marcas que le conocemos, y le saca mucho jugo a los silencios.
  • La banda sonora y el sonido envolvente hacen un trabajo enorme para meternos en la inmensidad del espacio.

La dejé correr un par de días antes de ponerme a escribir estas líneas, y la imagen que me quedó es la de un padre y un hijo hablándose a través de la inmensidad del sistema solar, con todo el ruido blanco de las comunicaciones de por medio, intentando decirse cosas que nunca se dijeron en la cocina de casa. Me parece que eso, más que los paisajes espaciales, es lo que la convierte en una película para conversar con alguien después de verla, idealmente con un café encima y un par de horas por delante. Si tienen la chance de sentarse a verla, háganlo, y después me cuentan, que estas cosas se disfrutan más cuando uno las puede charlar con alguien. Y si me preguntan a mí, qué les voy a decir, yo cada tanto me acuerdo de eso que decía un viejo de mi pueblo cuando se le cruzaba un hijo en la vida: hijo que no busca a su padre, padre que no encuentra a su hijo, y al final los dos se quedan dando vueltas en el mismo baldío. Algo así me dejó Ad Astra, con la sensación de que el sistema solar entero puede ser un baldío enorme si uno no se anima a sentarse a hablar con los suyos.

“A veces uno se pasa la vida entera mirando las estrellas para no tener que mirar a los que tiene al lado.”Refrán criollo escuchado al amanecer, en la puerta de un almacén de pueblo
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Sergio TolabaFolclore y cultura

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