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Una mano, un abrazo, una caricia: lo que el contacto físico le hace al cuerpo cuando el miedo aprieta

La neurocientífica Paula Salamone explica cómo el tacto participa en la regulación de las emociones, por qué no es lo mismo que uno se toque a sí mismo y qué papel juegan las diferencias culturales en la cercanía entre las personas.

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Micaela YapuraComunidades y territorio · 24 DE SEPT DE 2026 · 3 min de lectura

Cuando alguien siente miedo o angustia y le extendemos una mano, ese gesto puede parecer pequeño, casi un reflejo de cortesía o de ternura. Sin embargo, lo que ocurre del lado de quien lo recibe es bastante más complejo: el contacto físico participa de lleno en la regulación de las emociones y hasta en respuestas concretas del organismo frente al estrés. Así lo explica Paula Salamone, doctora en Neurociencias Afectivas, en una charla en la que repasó qué hay detrás de algo tan cotidiano como tomarse de la mano, abrazar o acariciar a otra persona.

La mano de un adulto y el miedo de un chico

Salamone se detuvo en una imagen que la investigación tomó muy en serio: la de un chico que toma la mano de un adulto cuando aparece el temor. Esa escena, estudiada por su grupo de trabajo, muestra que el contacto con otro puede reducir la ansiedad y modificar el modo en que se procesa el miedo, incluso cuando todavía no hay palabras para ponerle nombre a lo que se siente.

“El contacto con otro puede reducir la ansiedad y modificar el modo en que se procesa el miedo, incluso cuando todavía no hay palabras para ponerle nombre a lo que se siente.”Paula Salamone, doctora en Neurociencias Afectivas

La especialista investiga, justamente, cómo los estímulos que llegan a la piel se conectan con la actividad del cerebro, con la médula espinal y con respuestas del resto del cuerpo. En ese intercambio, recibir una caricia o un masaje no es sólo una experiencia subjetiva: puede mover reacciones fisiológicas vinculadas con el estrés y la relajación. Por eso, una mano tendida en un momento de angustia no es un detalle decorativo, sino un posible regulador del estado emocional de quien la toma.

  • Tocarse el cabello o acariciarse la barba son ejemplos de autocontacto: gestos que la persona se dirige a sí misma para intentar regular lo que siente.
  • El cerebro distingue entre las acciones propias y los estímulos que llegan desde afuera, por lo que la respuesta no es igual cuando interviene alguien más.
  • Las cosquillas ilustran esa diferencia: al intentárselas uno mismo, se anticipa el lugar, el momento y la forma del contacto, y baja la sorpresa.
  • Cuando el movimiento lo hace otro, queda un componente de incertidumbre que cambia la intensidad de la sensación.
  • Ese mismo margen de sorpresa es el que, según Salamone, vuelve a las cosquillas parte del juego y del intercambio social entre personas.

La cultura entra en escena: tres metros en Suecia

La cercanía corporal, además, no se mide igual en todas partes. Salamone contó que, mientras hacía su trabajo de investigación en Suecia, conversar con un colega a tres metros de distancia era algo de lo más habitual. Esa distancia, que a muchos argentinos les resultaría desmedida, muestra que las diferencias culturales en el espacio personal no implican emociones distintas, sino otras maneras de expresarlas y de vincularse. En otras palabras: no por estar más lejos hay menos afecto, sino que cada cultura encuentra su propia forma de mostrarlo.

El contacto tiene, además, un lugar en la percepción del propio cuerpo. En la Argentina, Salamone integra el equipo Tango-i Lab, donde estudian la relación entre el tacto y los síntomas de despersonalización, esa sensación de verse ajeno respecto del propio cuerpo. El grupo, además, investiga si la falta de interacción física durante los aislamientos por la pandemia dejó efectos posteriores; por ahora, se trata de una pregunta de investigación abierta, sin respuestas cerradas.

Mientras la ciencia sigue desarmando estos mecanismos, una mano, un abrazo o una caricia siguen formando parte del acompañamiento cotidiano. Quizá la mejor síntesis esté en volver a la escena de la que se partió: un chico que, sin pensarlo, busca la mano de un adulto cuando aparece el miedo. No es un capricho ni un gesto menor: es el cuerpo pidiendo, antes que las palabras, un poco de regulación compartida.

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Micaela YapuraComunidades y territorio

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