Una ballena, un padre y un hijo que todavía tiene cosas que decirle: la apuesta íntima de "Whalefall"
Brian Duffield mezcla supervivencia extrema y conflicto familiar en una película donde el verdadero laberinto no es el estómago del cetáceo, sino el vínculo roto entre un hombre y su viejo.

A mí me lo contaba una señora en la puerta del cine, mientras acomodaba el boleto en la cartera y todavía masticaba un comentario que le había quedado atragantado: "Yo entré pensando que iba a ver una de monstruos, y terminé llorando por mi viejo, que en paz descanse". Esa frase, más que cualquier crítica especializada, define mejor que nada lo que se propone "Whalefall", el filme dirigido por Brian Duffield que llega a las salas con la rareza de empezar exactamente donde casi ninguna película se anima: en el estómago de una ballena.
Porque la historia arranca con un protagonista atrapado en el interior de un cetáceo gigante, un punto de partida que tiene más de pesadilla que de aventura, y que el director aprovecha para construir una puesta en escena claustrofóbica, con un diseño de producción que transforma las tripas del animal en un paisaje viscoso, opresivo, casi orgánico, donde cada respiración parece un favor que el cuerpo le pide prestado al tiempo. La tensión inicial funciona y se nota en la butaca: uno se revuelve, se agarra del apoyabrazos, mira de reojo a su pareja como pidiendo confirmación de que lo que ve es efectivamente lo que está viendo.
Del triturado físico al triturado emocional
Pero "Whalefall" no se queda en el espectáculo del género, ni en el recurso fácil del survival puro, y ahí empieza su discusión. Duffield, que ya había demostrado olfato para los registros raros con "Noelle" y más tarde con "Kindred", decide correr el eje de la historia hacia un lugar más incómodo: la relación entre el personaje central y su padre fallecido, un vínculo que se reconstruye a través de flashbacks y, sobre todo, de conversaciones que el protagonista mantiene con la figura paterna mientras pelea por salir con vida.
Me permito entonces citar un verso que me viene rondando desde la primera vez que leí la sinopsis, y que le robo con permiso a José Larralde, aquella copla que dice "uno lleva en el alma la marca de los viejos, y ni todo el tiempo del mundo la borra". Porque lo que la película trabaja, con más o menos fineza según el espectador, es esa marca: las cosas que no se dijeron, las despedidas que se postergaron hasta que se hicieron imposibles, las preguntas que llegan tarde, los rencores chicos que parecen más grandes cuando ya no hay quién los explique del otro lado.
Austin Abrams queda casi solo en pantalla cargando con ese doble trabajo, y lo sostiene con solvencia: transita el esfuerzo físico extremo y, al mismo tiempo, el peso de un diálogo que en el fondo es un monólogo, porque el padre ya no puede responder de verdad. Hay quienes lo van a encontrar contenido, y hay quienes, como esta humilde pluma, van a notar que a veces la emoción se explica un poco de más, como si el filme desconfiara de que el espectador iba a captar el subtexto. La referencia inevitable es "Ad Astra", de James Gray: si a uno le funcionó esa liturgia contemplativa entre un hijo perdido y un padre ausente, acá va a encontrar un eco familiar; si no, es probable que la paciencia se le agote antes que el oxígeno al personaje.
¿Ganarle al público por cansancio o por emoción?
Yo salí del cine pensando que "Whalefall" es una película que divide aguas, y que eso no es necesariamente un defecto sino casi una definición: está hecha para incomodar, para que cada uno se mida con su propia historia familiar, para que el espectador se pregunte qué cosas le quedaron pendientes con los suyos. Hay butacas que van a salir sacudidas, y butacas que van a salir preguntándose por qué se quedaron hasta el final. Las dos reacciones son honestas, y me animo a decir que las dos están contempladas en el recorte.
Mientras caminaba hacia el colectivo, en la primera mañana de preestreno, un muchacho que esperaba el bondi en la parada me dijo, mientras se acomodaba los auriculares y miraba el horizonte como si todavía viera ballenas: "Yo no le hablé más a mi viejo antes que se fuera, y esta peli me partió al medio". No supe qué contestarle, porque a veces las películas sirven justamente para hacerse cargo de los silencios que uno no sabe cómo llenar, y "Whalefall" trabaja, con sus aciertos y sus exageraciones, en esa zona donde el cine todavía puede hacer doler un recuerdo ajeno.
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