Saltar al contenido
Domingo, 18 de octubre de 2026
Actualidad y noticias, al instanteBuscar ⌕
Raíz Salteña

Raíz Salteña

Stalingrado en pantalla: cuando doce mil extras revivieron el infierno del frente oriental

A tres décadas de su estreno, la película de Joseph Vilsmaier sigue siendo una de las reconstrucciones más ambiciosas de la batalla más cruenta de la Segunda Guerra Mundial, con cifras que dan vértigo y un rodaje que soportó treinta grados bajo cero en tierras finlandesas.

ST
Sergio TolabaFolclore y cultura · · 3 min de lectura
Stalingrado en pantalla: cuando doce mil extras revivieron el infierno del frente oriental

Tengo que confesar algo antes de arrancar: la primera vez que escuché el nombre de esta película fue de boca de un viejo vecino que siempre decía, mientras mateaba en el patio, que lo que se ve en Stalingrado «no es ni la sombra de lo que se pasó ahí». Y la frase me volvió a la memoria mientras revisaba lo que dejó aquella producción alemana de 1993, que sigue dando vueltas en las plataformas de streaming y que, para mí, merece una revisitada con tiempo y sin apuro.

Una novela postergada y un rodaje bajo cero

La historia que adaptó al cine el director Joseph Vilsmaier llevaba casi medio siglo esperando. Theodor Plievier publicó su novela en 1945, apenas terminada la guerra, y recién a fines del siglo XX se juntaron los plazos, el dinero y la voluntad para llevarla a la pantalla. El presupuesto fue de 20 millones de marcos alemanes, algo así como 14 millones de dólares de la época, y el rodaje se extendió durante cinco meses en distintas locaciones, con la peor parte en Finlandia, donde el termómetro llegó a marcar 30 grados bajo cero. «A treinta bajo cero se te congela el alma», me dijo una vez un camarógrafo que había trabajado en documentales de la Antártida, y la frase me parece exacta para entender lo que debió ser filmar ahí.

Para las escenas de combate se movilizaron alrededor de 12.000 extras, una cifra que hoy suena a disparate para cualquier producción europea. Y como si eso fuera poco, se contrataron veteranos de guerra amputados para dar mayor realismo visual a las filas que regresaban del frente. Es un detalle que habla de una época del cine en la que se buscaba el fotograma verdadero, aunque doliera.

La ciudad que ya no estaba

Hay un dato técnico que siempre me llamó la atención y que vale la pena repetir: ninguna escena se filmó en Stalingrado. La destrucción fue tan absoluta durante el conflicto que, cuando se quiso reconstruir la ciudad en la posguerra, no quedaron edificios de la época para ambientar el relato. La película tuvo que fabricarse su propia Stalingrado desde cero, lo que da una idea de la escala del infierno que se vivía en cada metro cuadrado de aquella ciudad a orillas del Volga.

La batalla se extendió desde agosto de 1942 hasta la histórica rendición del Sexto Ejército alemán, meses después, con alrededor de dos millones de muertos. En su diario, Joseph Goebbels recogió que Adolf Hitler consideraba la toma de Stalingrado «una necesidad psicológica urgente», por el valor simbólico que la ciudad tenía para el régimen soviético. Las tropas recibieron la orden expresa de no rendirse bajo ninguna circunstancia. Lo que se cuenta en la película, entonces, no es una licencia dramática: es la consecuencia directa de esa decisión.

Un estreno tibio y un reconocimiento que llegó tarde

  • Recaudó unos 10 millones de dólares en Alemania, por debajo de lo esperado.
  • En España tuvo una recepción especialmente buena, con unos 1,34 millones de euros.
  • Su proyección internacional quedó parcialmente opacada por el estreno posterior de Enemigo a las puertas.
  • Con los años se ganó un lugar como clásico de culto del cine bélico europeo.
  • Hoy se puede ver en Amazon Prime Video.

A mí, que vengo del folclore y la cultura, me gusta pensar que películas como Stalingrado cumplen una función parecida a la de los cantos de payador: mantener viva la memoria de lo que pasó, aunque duela. Y duele, porque cada plano de ese filme es el retrato de muchachos que no eligieron estar ahí. Antes de cerrar, me quedo con una copla vieja que parece escrita para esta historia: «No me llames guerrillero si no has visto el Volga, no me llames valiente si no has pasado frío». Y ya con el primer canto de los pájaros en el patio, mientras el mate se enfría, uno entiende que hay que volver a mirar esta película, porque Stalingrado no es solo una película: es un espejo en el que todavía nos vemos.

ST
Sergio TolabaFolclore y cultura

Comentarios

0

Todavía no hay comentarios. Sé el primero.

Seguí leyendo