Sábado, 19 de septiembre de 2026
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Raíz Salteña

Sarah Paulson como Aileen Wuornos: el cruce imaginario que propone la nueva entrega de la antología Monster en Netflix

La cuarta temporada de la serie de Ryan Murphy incorpora a la asesina serial de Florida al relato sobre Lizzie Borden a través de lecturas, una visita y escenas concebidas por el guion, sin respaldo histórico que las sostenga.

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Sergio TolabaFolclore y cultura · 19 DE SEPT DE 2026 · 4 min de lectura

Una señora de plateas me dijo, antes de que arrancara la nota, que estaba cansada de que le cuenten la historia de Lizzie Borden siempre igual, con el hacha y los gritos, y la pregunta me quedó dando vueltas mientras revisaba el material de esta nueva entrega de Monster que Netflix acaba de sumar a su catálogo, porque lo que propone la producción de Ryan Murphy va un poco más allá de la pura repetición del caso de 1892 y se anima a meter dentro de ese relato a otra mujer que también terminó convertida en sinónimo de monstruo, nada menos que Aileen Wuornos, a quien nada menos que Sarah Paulson le pone el cuerpo y la mirada en esta cuarta temporada que lleva por título Monstruo: La historia de Lizzie Borden.

Conviene, para no marearse, separar dos planos que la serie mezcla con bastante voluntad pero que conviene tener bien diferenciados a la hora de mirar la pantalla y de leer lo que se dice por ahí: por un lado, está el caso criminal real de Aileen Wuornos, con sus fechas, sus víctimas y su condena, y por el otro, el vínculo imaginario que el guion construye entre ella y Lizzie Borden a fuerza de lecturas compartidas, una visita fantasmal a la casa de los Borden y un encuentro imaginario que funciona como recurso narrativo, porque hasta donde llega lo que se conoce públicamente no hay ninguna prueba de que Wuornos sintiera la fascinación que muestra la ficción ni de que haya pasado una noche en esa vivienda.

Lo que sí se sabe del caso Wuornos

  • Fue condenada por seis asesinatos cometidos en Florida entre 1989 y 1990.
  • Confesó haber matado a siete hombres y, en un primer momento, dijo haberlo hecho en defensa propia o tras intentos de agresión.
  • Recibió seis condenas a muerte y fue ejecutada por inyección letal en 2002, a los 46 años.

Esos son los datos duros del expediente, los que la serie toma como punto de partida para desarrollar después un desenlace que no figura en ningún archivo judicial, porque la propuesta de los creadores pasa por darle a Wuornos un cierre, aunque ese cierre no sea precisamente feliz, como explicó el cocreador Ian Brennan al hablar del proceso creativo, y ese permiso para fabular se nota sobre todo en las escenas en las que Lizzie se le aparece a Wuornos, la increpa y finalmente la recibe después de la muerte, algo que no es más que una licencia del relato pero que a mí, mientras lo pensaba, me hizo acordar a esa copla vieja que dice que dos mujeres malas juntas rezan mejor que una santa sola, aunque acá el rezo se parezca bastante a un juicio pendiente.

Cómo se construye el cruce en la pantalla

El acercamiento entre las dos protagonistas empieza a tomar forma en el cuarto episodio, cuando la acción se traslada a Florida en 1988 y muestra un encuentro en la ruta que termina con Wuornos matando a un hombre de un disparo, y más adelante la cámara la muestra leyendo con su novia un libro sobre Borden y encontrando en esa historia una experiencia con la que identificarse, un espejo oscuro que el guion se ocupa de subrayar, mientras que en el sexto capítulo el recurso toma otra forma y la muestra permaneciendo en la casa de los Borden mientras el montaje intercala pasajes de la investigación de 1892, una operación de edición que cierra la asociación entre ambas mujeres y que está pensada exclusivamente para la narración, porque, insisto, no existe ningún vínculo histórico acreditado entre las dos.

Y acá aparece la pregunta del final, la que me parece que vale la pena dejar picando para que cada uno se la lleve puesta a la cama: qué lugar deberían tener este tipo de licencias en las series que se presentan como basadas en hechos reales, sobre todo cuando se trata de mujeres que ya fueron juzgadas por la Justicia y por la opinión pública y a las que ahora también se las condena a compartir pantalla con un personaje del siglo XIX sin que nadie les haya pedido permiso, y la respuesta, como pasa siempre con estas cosas, no es una sola, pero a mí, mientras escribo esta nota ya entrada la madrugada, me queda sonando una frase que me parece haber escuchado al amanecer, textual, dichas por alguien que estaba barriendo la vereda de su casa y que me dijo al pasar que a los muertos hay que dejarlos en su tumba y a las muertas, también, aunque la televisión siga insistiendo en despertarlas.

ST
Sergio TolabaFolclore y cultura

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