Salir a comer en Buenos Aires hoy: menos plato, más foto y el celular como invitado de mesa
Cuatro cocineros porteños describen cómo se transformó la salida gastronómica: porciones más chicas, menos alcohol, platos divididos para abaratar el ticket y un teléfono que interviene en cada paso de la experiencia. El consumo de vino cayó 32% en diez años, según el Instituto Nacional de Vitivinicultura.

Salgo del subte en una cuadra cualquiera del centro porteño y, antes de cruzar la puerta del bistro, ya escucho algo que se repite: la gente pide menos, mira más el celular y comparte los platos como si fueran una estrategia de defensa. Cuando me siento a charlar con quienes están del otro lado de la barra, la postal se confirma. Cuatro cocineros de Buenos Aires me describen, uno por uno, una transformación concreta en la forma de comer afuera: porciones más controladas, menos alcohol, tickets que se achican a fuerza de dividir el menú y un teléfono que interviene en cada paso de la experiencia.
Lo primero que me llama la atención es que la reducción no distingue generaciones. Dante Liporace, chef ejecutivo de Trade Sky Bar y Trade Sky Club y además dueño de su propio restaurante en Palermo, me lo resume así: tanto los comensales de más de cuarenta que cuidan la dieta por temas de salud como los jóvenes que cuidan el bolsillo llegan a la mesa con una conciencia nueva sobre cuánto y qué van a comer. Ya no se trata solo de economizar: hay una decisión previa sobre la cantidad.
Menos alcohol, sobre todo menos vino
El consumo de alcohol acompaña esa tendencia. Según el Instituto Nacional de Vitivinicultura, el consumo de vino por habitante cayó 32% en la última década: se pasó de casi 24 litros anuales en 2015 a 16,1 litros en 2025. Germán Sitz, que maneja varios restaurantes porteños, lo traduce a la mesa: la copa ganó espacio porque permite tomar menos y, de paso, probar distintas etiquetas en una misma salida. Pedir una botella entera ya no es lo más frecuente; pedir dos copas diferentes, sí.
El escenario económico también cambió la lógica de lo que se pide. Cuando el motivo principal es el gasto, los comensales dividen todo lo que se puede dividir. Liporace me cuenta que comparten entrada, principal y postre. Narda Lepes, de Narda Comedor y Kõnã Corner, precisa lo que ve en su local: lo más habitual es compartir entrada y postre, y el plato principal es lo que más seguido se omite. Es una manera concreta de bajar el ticket sin resignar la salida.
- Porciones más chicas y pedidos más ajustados en cantidad.
- Menos alcohol y más vino por copa que por botella.
- Platos compartidos, sobre todo entrada y postre, para dividir el gasto.
- Menú con precio fijo como forma de evitar la sorpresa en la cuenta.
- El celular como comensal extra: se consulta antes de ir y se fotografía durante la comida.
El menú fijo entra en la conversación
En ese contexto, los menús con valor claro se volvieron una herramienta clave. Sitz me explica que un menú ejecutivo con precio cerrado reduce la incertidumbre y facilita la decisión de entrar al restaurante. También cambió la vara para medir si algo vale o no: un ticket alto puede sentirse barato si la experiencia lo justifica, y uno bajo puede parecer caro si no hay una experiencia real atrás.
El teléfono, antes y después del plato
Lo que más me sorprende de las charlas es el lugar del celular. Ya no aparece solo al final, para la foto de sobremesa: aparece antes de sentarse. Muchos comensales llegan sabiendo qué van a pedir sin necesidad de abrir el menú, porque lo vieron en redes. Leo Lanussol, de Ness, lo vive en el día a día: la estética ganó un rol central y hay platos que se piensan también desde la fotografía. Lepes, en la misma línea, me cuenta que hay quienes hacen fila por un plato instagrameable, aunque aclara que también quedan comensales que ignoran esa lógica y van directo a comer. La sobremesa, por ahora, sigue resistiendo: todavía hay quien se queda a charlar después del café, aunque sea con el teléfono cerca del plato.
“La estética ganó un rol central y hay platos que se piensan también desde la fotografía.”Leo Lanussol, chef de Ness
A la hora del balance, los cuatro cocineros coinciden en algo que también se escucha en la calle: comer afuera dejó de ser una decisión automática y se volvió una decisión pensada. Se cuenta lo que se gasta, se mira lo que se come y se mira, también, lo que se va a mostrar. La salida sigue siendo una salida, solo que ahora se negocia plato por plato.
Si tenés que elegir un consejo de los que me quedaron dando vueltas, me quedo con el de Narda Lepes, de Narda Comedor: antes de reservar, fijate qué poner en el plato mira para que la experiencia valga lo que vas a pagar. Y si podés, sumá a alguien que quiera compartir la entrada: el ticket te lo va a agradecer.
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