La maldición de Casablanca: cuatro intentos, ninguna secuela y un final que se niega a abrirse
A lo largo de casi un siglo, Warner Bros. tanteó al menos cuatro veces la idea de continuar o rehacer el clásico de 1942. Todas se chocaron contra el mismo muro: el peso de Humphrey Bogart, Ingrid Bergman y un desenlace que no admite regreso.

Lo escuché una vez a las seis de la mañana, en un bar que ya estaba abriendo, de labios de un viejo que pedía un café con la misma solemnidad con la que se pide un milagro: «Hay películas que terminan donde tienen que terminar, y al que intente moverles una sola coma, Dios le juro que lo maldice el cine entero». Esa frase me volvió a la cabeza cuando terminé de leer la historia detrás de los sucesivos intentos de Warner Bros. de fabricar una secuela de Casablanca, esa joya de 1942 que todavía hoy, más de ochenta años después, sigue despertando la admiración de cualquiera que se siente frente al televisor con un café en la mano y las ganas de dejarse llevar por la magia del Hollywood clásico, y lo que se encontró el pobre estudio, una y otra vez, fue un fracaso tras otro, porque parece que Casablanca tiene esa extraña costumbre de defenderse sola contra cualquier intento de resucitarla sin su permiso.
Voy a contarles la película completa de los intentos, porque son al menos cuatro, y todos terminaron de la misma manera: en un cajón olvidado. El primero llegó casi en caliente, poco después del estreno original, cuando el estudio todavía tenía la pólvora mojada por el éxito y se dijo: «¿Por qué no le damos una segunda parte?». La idea se llamó Brazzaville, que es la capital del Congo, y el guion se lo encargaron a Frederick Stephani, un guionista que por entonces estaba en el staff de la casa. El plan era recuperar a Humphrey Bogart como Rick Blaine, a Claude Rains como el capitán Renault y a Sydney Greenstreet como Ferrari, el rival del Rick en el mercado negro. La historia retomaba la famosa conversación final entre Rick y Renault, esa del «este es el comienzo de una hermosa amistad», y se metía de lleno en el futuro del dueño del cabaret después de que Ilsa se fuera con Victor Laszlo. Todo parecía encaminado, hasta que alguien se dio cuenta de un detalle que para mí resulta de los más interesantes: tenían pensado contar que Rick y Renault habían sido agentes aliados desde el principio, y eso, dicen los que estudiaron el asunto, contradecía toda la evolución del personaje en el film original, que precisamente se cocina a fuego lento durante los cien minutos de metraje. Total, el proyecto se cayó solo, sin ruido.
El francés que les dijo que no
El segundo intento fue mucho más jugoso, y lo rescato porque tiene una de esas perlitas que a los que amamos el cine nos hacen sonreír. En 1973, Warner Bros. se convenció de que había llegado la hora del remake, y se le ocurrió nada menos que ofrecerle la dirección al gran François Truffaut, que por entonces estaba en uno de los momentos más dulces de su carrera, con films como Jules et Jim, Fahrenheit 451 y la nouvelle vague como bandera. Truffaut miró la propuesta, lo pensó, y la rechazó con un argumento que para mí define todo el asunto de las secuelas innecesarias: encontrar actores capaces de reemplazar a Humphrey Bogart y a Ingrid Bergman era prácticamente imposible, y encima, le agregó el estudioso, el cariño que el público estadounidense le tenía a Casablanca hacía aún más difícil justificar una nueva versión. La negativa del francés enfrió la iniciativa de raíz, y el proyecto quedó en la nada.
Y acá llegamos al tercer intento, que es el más elaborado de todos, el que más lejos llegó, el que más cerca estuvo de concretarse y también el más emotivo de la lista. En los años ochenta, Howard Koch, que fue uno de los guionistas del film original, un muchacho que en su juventud había sido parte del grupo de Hollywood que la caza de brujas del senador McCarthy terminó por expulsar del país, escribió el tratamiento de una secuela titulada Return to Casablanca, y la propuesta era de las que enamoran: la historia se ambientaba dos décadas después del final del film original, y seguía los pasos de Richard, el hijo de Rick e Ilsa, que descubría su verdadero origen y viajaba a Oriente Próximo en busca de su padre biológico. Koch contaba con Ingrid Bergman para interpretar a Ilsa de mayor edad, lo cual le daba al proyecto un no sé qué de cierre poético, de aquellos que tanto nos gustan a los que amamos el cine clásico, y la verdad es que a uno se le cae el alma al piso cuando se entera de lo que pasó: Ingrid Bergman murió en 1982, en su casa de Londres, en el día de su cumpleaños, lo que obligó a modificar todo el plan. Warner Bros. le rechazó el tratamiento original, y también una versión revisada que el propio Koch presentó en 1989, ya con el dolor de la actriz sueca todavía fresco, y otra vez, el cajón.
El cuarto intento vino de la mano de Cass Warner, nieta de uno de los cofundadores del estudio, que quiso retomar la idea años después. La respuesta volvió a ser negativa, aunque, según los registros que se conocieron, le dejaron la puerta entreabierta: el estudio reconsideraría el proyecto si aparecía un director dispuesto a llevarlo adelante. Por ahora, esa condición no se cumplió, y Casablanca sigue siendo esa película única, irrepetible, intocable, que se niega a tener un epílogo.
Lo cierto es que la resistencia de Casablanca a cualquier continuación no responde a falta de iniciativa, y de eso no cabe ninguna duda, sino a un problema de fondo, estructural, que tiene que ver con la forma en que el film está construido. Su impacto descansa, en buena medida, en un final que no pide revisión, que cierra con una puerta que es mejor no volver a abrir. Por eso, cuando uno repasa la lista de intentos, se da cuenta de que el verdadero protagonista de esta historia no es Bogart, ni Bergman, ni Koch, ni Truffaut, ni siquiera la propia Warner Bros.: el verdadero protagonista es el espectador, somos nosotros, los que nos negamos a soltar esa película, los que cada vez que la pasan por la pantalla del canal de cable nos sentamos a verla completa, como si fuera la primera, y por eso, en buena medida, el estudio nunca pudo animar la idea con buen resultado. Esa es, para mí, la paradoja más linda de Casablanca: la película no necesita una secuela porque, en realidad, ya la tiene. La tiene cada vez que alguien la enciende, la tiene cada vez que un muchacho se enamora de Sam tocando As Time Goes By, la tiene cada vez que un viejo, a la mañana siguiente de la nochebuena, pide un café y repite esa frase que yo escuché textual y que guardo como un tesoro: «Hay finales que son finales, y al que intente cambiarlos, lo castiga el cine entero».
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