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Gases, hinchazón y reflujo: cuando el intestino pide atención profesional y no un cambio de menú exprés

La especialista en nutrición clínica Marcie Vaske y la dietista Jenna Volpe coinciden en que la monotonía alimentaria, los ultraprocesados, el estrés y el uso innecesario de antibióticos alteran la microbiota. Comer más fibra y moverse ayuda, pero no reemplaza la consulta cuando las molestias se repiten.

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Micaela YapuraComunidades y territorio · 27 DE SEPT DE 2026 · 3 min de lectura

Vivo a diario una preocupación que aparece en muchos hogares y que suele quedar en segundo plano: la idea de que una panza que se hincha, que acumula gases o que devuelve la comida es algo con lo que hay que aprender a convivir. No es así, y cada vez que lo charlo con profesionales del tema aparece la misma advertencia. Convivencia con gases, hinchazón, reflujo o cambios persistentes en las evacuaciones no debería convertirse en una costumbre. Cuando esas molestias se prolongan, ameritan una consulta médica y un estudio que permita identificar la causa, porque detrás pueden esconderse intolerancias, enfermedades digestivas o alteraciones de la microbiota que ninguna recomendación genérica puede resolver.

“Esas molestias, cuando se sostienen en el tiempo, requieren evaluación profesional. Pueden estar relacionadas con intolerancias, enfermedades digestivas o alteraciones de la microbiota, entre otras causas que una recomendación general no permite resolver.”Marcie Vaske, especialista en nutrición clínica

La variedad como primera defensa

Para el cuidado cotidiano, una de las claves está en algo tan simple como volver a mezclar los colores del plato. La fibra alimenta a parte de los microorganismos intestinales y se encuentra en frutas, verduras, legumbres, frutos secos y cereales integrales. La Organización Mundial de la Salud (OMS) aconseja incluir estos grupos de alimentos y alcanzar un consumo diario de, como mínimo, 400 gramos de frutas y verduras. Esa diversidad puede reducirse cuando se repiten pocas comidas a lo largo de la semana y predominan los ultraprocesados, un patrón que, según me describió la dietista Jenna Volpe, puede modificar la microbiota y favorecer procesos inflamatorios.

“Sostener un patrón con poca variedad y alto consumo de ultraprocesados puede modificar la microbiota y favorecer procesos inflamatorios. Los alimentos fermentados pueden formar parte de una dieta variada, pero incorporarlos no sustituye una consulta si las molestias vuelven.”Jenna Volpe, dietista
  • Aumentar la variedad de frutas, verduras, legumbres, frutos secos y cereales integrales para llegar a los 400 gramos diarios que recomienda la OMS.
  • Incorporar alimentos fermentados como parte de una dieta diversa, sin asignarles propiedades curativas que no tienen.
  • Respetar las indicaciones médicas sobre antibióticos: solo con prescripción y hasta completar el tratamiento, para no afectar microorganismos beneficiosos.
  • Sumar entre 150 y 300 minutos semanales de actividad física moderada, como recomienda la OMS para adultos.
  • Prestar atención a los síntomas digestivos que se repiten y llevarlos a la consulta, en lugar de automedicar o esperar que pasen solos.

El intestino alberga bacterias, virus, hongos y otros microorganismos que intervienen en la digestión, las defensas y la obtención de energía de los alimentos. Su composición cambia con el tiempo y, de acuerdo con el Instituto Nacional de Ciencias de la Salud Ambiental de Estados Unidos, la alimentación y los medicamentos se cuentan entre los factores que pueden modificarla. Por eso importa cómo se usan los antibióticos: son necesarios frente a infecciones bacterianas cuando están bien indicados, pero su utilización innecesaria puede afectar microorganismos beneficiosos y dejar al tubo digestivo más vulnerable.

El estrés también se digiere

El funcionamiento digestivo tampoco queda al margen de lo que pasa en la cabeza. La gastroenteróloga Asma Khapra explicó que el estrés puede alterar los movimientos que desplazan el contenido del tubo digestivo y aumentar la sensibilidad intestinal, lo que ayuda a entender por qué una misma comida cae distinto según el día o el momento vital que se atraviese. A eso se suma el movimiento corporal: para adultos, la OMS recomienda entre 150 y 300 minutos semanales de actividad física moderada, una cifra que, traducida, equivale a unas cinco horas a lo largo de la semana repartidas como le resulte más cómodo a cada uno. Y aquí aparece el reclamo pendiente que arrastramos como sociedad: la cultura de aguantar y automedicar. Tomar un antiácido tras cada cena pesada o resignarse a vivir inflamado no es solución, es postergación. Desde hace años, profesionales como Vaske, Volpe y Khapra insisten en el mismo punto: si los síntomas se repiten, la consulta con el especialista no es opcional, es el primer paso para entender qué está pasando del lado de la microbiota y cortar el círculo vicioso antes de que se cronifique.

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Micaela YapuraComunidades y territorio

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