El volcán Malacara, la caminata que esconde un pasado de agua y fuego en el sur mendocino
En el paraje La Batra, muy cerca de Malargüe, una familia criancera abrió las tranqueras de su campo para mostrar un paisaje que parecía secreto: las entrañas de un volcán donde el magma se cruzó con una laguna y dejó paredes amarillas, corredores negros y un silencio que se corta con el viento.

Caminar por adentro de un volcán suena, en principio, a una exageración turística o a una promesa imposible. Sin embargo, a pocos kilómetros de Malargüe, en el sur mendocino, existe un lugar donde esa fantasía se vuelve literal: el volcán Malacara permite recorrer, literalmente, algunos de los pasillos que la erosión fue tallando entre sus depósitos volcánicos a lo largo de miles de años, en un escenario que parece de otra provincia y hasta de otro país. Lo que más llama la atención al llegar es el contraste entre el paisaje agreste del Payún y la intimidad del recorrido, una suerte de cañón angosto donde la luz entra filtrada y el aire frío se queda quieto entre las grietas, como si el cerro estuviera respirando por las heridas que le dejó el tiempo.
Una experiencia que combina geología, campo y memoria criancera
El recorrido arranca en un campo de la familia Quezada, en el paraje La Batra, donde hoy funciona el portal de ingreso al volcán y donde hasta hace un par de décadas lo que había era hacienda, caballos y alambrados. Por eso me gusta decir, cada vez que vuelvo a la zona, que la visita no es solamente una excursión geológica: es también la historia de un campo que mutó de la mano de la ciencia y del turismo, y que dejó de mirar al Malacara como un accidente del paisaje para empezar a pensarlo como una oportunidad. Alberto Quezada, de la familia que administra el predio, suele contar que durante años aquel cerro fue parte de la rutina de arreo y que nadie imaginaba que adentro había un mundo por descubrir.
La caminata atraviesa dos de las tres grandes cárcavas que tiene el volcán en su parte alta y suma, como cierre, una subida a un mirador desde donde se distingue, a lo lejos, la laguna de Llancanelo, con su espejo de agua salada y su anillo de flamencos. Los tres cráteres que corona el Malacara quedan prácticamente ocultos para quien lo recorre desde abajo, escondidos por la forma del terreno y por la vegetación, lo que refuerza la sensación de estar transitando un lugar reservado, casi íntimo, que pide silencio y paso firme para no desgranar las paredes.
Por qué el Malacara parece pintado a mano
- Las paredes onduladas y amarillas se formaron por el contacto del magma con el agua de una antigua laguna, un fenómeno que fragmentó la lava y alteró los materiales.
- Los depósitos negros que se ven más arriba llegaron después, cuando el agua ya no participaba de la erupción y la actividad se volvió más seca y violenta.
- Los corredores por donde se camina hoy no son cuevas originales: los fue abriendo la erosión, con paciencia, a lo largo de milenios, y por eso sus paredes son tan frágiles al tacto.
- La luz que se cuela por las aberturas superiores y el aire frío que circula entre las grietas forman ese clima interior que vuelve al recorrido tan distinto a cualquier trekking clásico.
La explicación de esos colores y de ese relieve la puso en palabras, para mí y para cualquier visitante curioso, la geóloga e investigadora Corina Risso, docente de la Universidad de Buenos Aires, que llegó al lugar en el año 2000 de la mano de Alberto Quezada y fue armando, casi a fuerza de insistencia y de caminatas compartidas, el rompecabezas de cómo se había formado aquel cerro. Risso suele remarcar, cada vez que puede, que el Malacara es un libro abierto para leer la interacción entre el agua y el volcanismo, y que esa lectura no es solo académica: es lo que le dio a la familia Quezada la base para decidir abrir el campo al turismo y dejar atrás, de a poco, el viejo esquema de crianceros a los que el modelo productivo del sur mendocino les venía dando la espalda.
Cómo se llega, qué se hace y qué falta
La salida arranca con una caminata de baja dificultad entre paredes onduladas, continúa por el interior de las dos primeras cárcavas y termina en el mirador con vista a Llancanelo. Los guías son de la zona y se coordinan directamente con la familia Quezada, que maneja los accesos desde su campo. En el arranque de la experiencia, cuando todavía no había huella vehicular, el ingreso se hacía a caballo por senderos del propio predio. Recién en 2006 una antigua traza petrolera permitió entrar con una camioneta y, más adelante, con maquinaria para acondicionar el camino. Aun así, los caminos de ripio del sur mendocino siguen siendo una cuenta pendiente: en cada nota que escribo sobre la región recuerdo que la Dirección Provincial de Vialidad tiene compromisos asumidos desde hace años con los parajes cercanos al Payún y al Malacara, y que los deterioros se agravan con cada temporada de lluvia, dejando a los prestadores turísticos en una situación de incertidumbre permanente.
Después de recorrer las cárcavas y subir al mirador, lo que más se lleva la gente no es una postal sino una pregunta, esa misma que me hizo una pareja de turistas en mi última visita: qué te gustaría conocer durante una visita al interior de un volcán. Es una buena forma de cerrar la jornada, porque el Malacara no se agota en lo que se ve: deja flotando la idea de que en el sur de Mendoza, entre mallines, lagunas y campos crianceros, todavía hay geografías por descubrir, siempre que haya familias dispuestas a abrir la tranquera y científicos dispuestos a contar la historia que cada piedra tiene para dar.
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