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Lunes, 12 de octubre de 2026
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Raíz Salteña

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«El Castillo» y la decisión de no cerrar la herida: cómo se construyó un final que incomoda

Isabel Peña y Eduardo Villanueva, la dupla guionista de «Antidisturbios», cuentan por qué la serie basada en el libro de Mabel Lozano termina sin redención fácil y qué quisieron dejar dicho con la imagen que cierra los seis episodios.

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Sergio TolabaFolclore y cultura · · 4 min de lectura
«El Castillo» y la decisión de no cerrar la herida: cómo se construyó un final que incomoda

Lo confieso antes de empezar: me senté a ver «El Castillo» arrastrando esa pereza que a veces nos da cuando nos dicen que una serie «duele», y terminé la última escena con una sensación rara en el pecho, esa mezcla de injusticia y de alivio que solo dejan las historias que no te sueltan la mano. Por eso, cuando pude leer las palabras de Isabel Peña y Eduardo Villanueva, la dupla que ya había firmado los guiones de «Antidisturbios», sentí que varias de las preguntas que me habían quedado flotando encontraban, por fin, una respuesta honesta. No una respuesta cómoda, que quede claro. Pero, como diría cualquier paisano nuestro, las cosas como son.

Porque la serie que adapta «El proxeneta», el libro de no ficción que Mabel Lozano escribió tras años de trabajo sobre la trata de personas con fines de explotación sexual, no se propuso nunca regalarnos un cierre de esos que dejan la conciencia tranquila. Peña lo dijo sin anestesia: «No queríamos que las mujeres fueran una informe masa de víctimas y de cuerpos perfectos». La frase me quedó rebotando, porque apunta a uno de los males más frecuentes del tratamiento audiovisual de la trata: convertir a las víctimas en una postal estética o, peor todavía, en un decorado.

Un sistema que sobrevive a sus víctimas y a sus verdugos

Villanueva fue el encargado de bajarlo a tierra con una idea que ordena toda la propuesta: «Esto habla de un sistema, y el sistema está por encima de los individuos y de las cosas concretas que sucedan». Por eso el capítulo final muestra al personaje del Suizo continuando con su actividad, en una escena que deliberadamente evoca el arranque de la serie. «Había una cosa de querer contar que esto ha pasado, pasa y va a seguir pasando», agregó el guionista. Y uno, mientras procesa el guadañazo, recuerda aquella copla criolla que dice que «el hombre es un lobo para el hombre», solo que acá la loba tiene nombre de red deWhatsApp y maneja una agenda oculta.

Esa decisión de fondo se nota también en el arco de Claudia, el personaje que Valentina Vidal construye con una humanidad que duele. Peña fue clara al admitir que no hay final feliz en el sentido clásico de la palabra, pero sí hay algo que para ella resulta más concreto: «Claudia ha conseguido lo que se ha propuesto y lo que en este momento también se ha ganado», sostuvo la guionista, en referencia a la posibilidad de la joven de permanecer legalmente en el país y ganarse la vida. No es un arco de redención al estilo Hollywood: es un arco de supervivencia en plena intemperie, que ya es muchísimo.

“No queríamos que las mujeres fueran una informe masa de víctimas y de cuerpos perfectos.”Isabel Peña, guionista

Los que investigan tampoco se van indemnes

El otro tramo del cierre que me pareció más arriesgado es el de los investigadores interpretados por Omar Ayuso y Laia Marull. Peña lo describió como un final que tampoco es optimista, aunque sí transformador: cada uno vuelve a su lugar de siempre, pero ni Claudia ni el Suizo los dejaron igual. Es un giro sutil pero enorme, porque rompe la idea del policía o del fiscal que «cumple su misión» y sigue adelante como si nada. Acá, la historia les dejó una marca que no se borra con un ascenso ni con un expediente cerrado.

  • La serie se plantó por sistema antes que por individuo: el foco está en la red, no en los nombres propios que la componen.
  • El final muestra al Suizo continuando su actividad, como declaración explícita de que la trata no se resuelve en seis episodios.
  • Claudia no obtiene un cierre feliz al uso, pero sí una salida concreta: papeles en regla y un medio de vida propio.
  • Los investigadores regresan a su rutina, aunque con una mirada que ya no puede ser la misma después de lo que vivieron.
  • El libro de Mabel Lozano, «El proxeneta», fue la base documental que sostuvo un enfoque que rehúye la explotación del dolor.

Me quedo dando vueltas con algo que dijo Villanueva y que me parece la columna vertebral de la propuesta: la idea de que la serie no cuenta un caso cerrado, sino una estructura que nos excede. En tiempos donde solemos pedir a la ficción que nos devuelva la esperanza a cualquier precio, que seis equipos de realización elijan incomodarnos me parece casi un acto de respeto hacia las víctimas reales que inspiraron esta historia. Por eso, mientras apagaba la pantalla y buscaba un poco de aire, me vino a la memoria esa frase de un viejo milanero tucumano que una vez me dijo, mientras ordeñaba una vaca al amanecer: «M'hijo, hay dolores que no se curan, nomás se aprenden a cargar». «El Castillo», me parece, pertenece a esa misma estirpe de historias.

ST
Sergio TolabaFolclore y cultura

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