Decir que no, un aprendizaje que se construye desde la cuna y puede revisarse a cualquier edad
Ansiedad, resentimiento acumulado y síntomas físicos sin causa aparente son algunos de los costos de no saber poner límites. Pero tampoco se trata de tolerar cualquier cosa: el otro extremo, no aceptar el "no" del otro, también hace polvo las relaciones. La buena noticia es que es un aprendizaje que se puede trabajar.

A Margarita le cuesta horrores decir que no. Tiene 47 años, vive en un pueblo chico del partido de Luján y trabaja medio turno en un comedor escolar; el resto del día lo dedica a cuidar a su madre, que ya pasó los ochenta, y a contener a sus tres hijas, cada una con sus hijos, sus cuentas y sus urgencias. Cuando alguna le pide plata prestada, Margarita termina abriendo el monedero aunque el mes no le alcance. Cuando su jefe le suma un turno extra, lo acepta aunque vuelva a la casa derrumbada. No es que le falte voluntad: es que, como ella misma lo dice, "si digo que no, siento que estoy fallando". Hace meses le duele la panza, no come bien y se despierta a las cuatro de la madrugada sin poder volver a dormir. Los estudios clínicos no le marcan nada raro.
Lo que le pasa a Margarita no es un capricho ni una debilidad: tiene nombre clínico y raíces en la infancia. Cuando una persona aprendió, temprano, que su propio deseo molesta o que poner un "no" pone en riesgo el vínculo con los seres queridos, de grande acepta lo que no quiere, tolera lo que le hace daño y se hace cargo de lo que no le corresponde. El costo aparece y el cuerpo, muchas veces, empieza a poner los límites que la persona nunca se animó a poner: ansiedad, resentimiento que se va acumulando, un cansancio que ningún descanso resuelve porque no es físico sino psíquico, y síntomas sin causa orgánica clara como dolores, insomnio o malestares digestivos que aparecen justo donde la palabra no llegó.
El otro extremo: cuando cuesta tolerar el "no" del otro
Pero hay un segundo patrón, tan frecuente como el anterior y tan problemático como aquel: que no tolera que le pongan un límite. Cualquier "no" se vive como una ofensa o un desafío personal. Aunque por afuera parezca fortaleza, por dentro responde a una imagen frágil de uno mismo que necesita confirmarse venciendo la resistencia del otro. Las relaciones tienden a organizarse alrededor de su voluntad y eso, a mediano plazo, las termina vaciando: el cariño se va yendo de a poco y queda nada más que el conflicto.
Entre esos dos extremos existe un punto que no es ni sumisión ni imposición: la capacidad de decir que no sin culpa y de escuchar un no sin sentirlo como amenaza. Llegar hasta ahí tiene un costo real, porque implica arriesgar el vínculo con alguien de quien se depende, afectiva o económicamente. Pero, por lo general, ese costo suele ser bastante menor que sus alternativas.
Se aprende a poner límites y se puede desaprender lo que se aprendió mal
Lo más importante que dejó el material que consulté para esta nota es que esto no es un rasgo inmodificable del carácter. El límite empieza a formarse desde los primeros meses de vida, cuando el bebé necesita que alguien lo ponga por él: el pecho que no siempre está, el "no" firme ante un peligro, la pequeña espera antes de la satisfacción. Esa frustración, vivida en su justa medida, es la que permite construir la diferencia entre uno mismo y el otro, entre el deseo y la realidad. El límite, entonces, no es lo opuesto del amor: es una de sus formas. Cuando ese proceso no se completa bien, los patrones que vimos antes tienden a instalarse. Y como todo lo que se construyó en un momento y se construyó mal, también puede revisarse: un tratamiento psicológico adecuado ofrece el espacio para aprender a decir "hasta acá" sin sentir que se traiciona al otro.
A dónde acudir y en qué horario
- En el hospital público más cercano, en el servicio de Salud Mental: la atención suele ser gratuita y, en la mayoría de las provincias, funciona de lunes a viernes de 8 a 14, con guardias fuera de ese horario para urgencias.
- En los Centros de Atención Primaria de la Salud (CAPS) de cada municipio: en general atienden sin turno previo y los equipos incluyen psicólogos, trabajadores sociales y psiquiatras.
- En el centro de salud de la obra social o prepaga que tenga, llamando al número de la cartilla para pedir turno con psicología.
- En la línea gratuita del Ministerio de Salud de la Nación, 0800-444-4000, que orienta y deriva según el lugar de residencia.
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