Cuando el aula se muda a la mesa familiar: cómo ayudar a un estudiante a bajar la tensión sin dejarlo solo
La psicóloga Susan Albers, de Cleveland Clinic, explica por qué la presión del colegio puede prolongarse en el hogar y qué recursos concretos pueden poner en marcha madres, padres y otros adultos cercanos para acompañar a un chico o una chica desbordado por las obligaciones.

A María Inés, en su casa de Merlo, le empezó a pasar algo que no esperaba: su hija de doce años, Camila, llegaba del colegio en silencio, se encerraba en la pieza y, cuando le preguntaban por las tareas, respondía con un portazo. Durante semanas lo leyó como una etapa típica de la preadolescencia. Hasta que una noche, mientras cenaban, la chica se quebró en llanto y le dijo que sentía que nunca le iba a alcanzar el tiempo. Esa frase fue la que la hizo googlear qué le pasaba y toparse con un concepto que desconocía: estrés escolar. Lo que descubrió a partir de ahí es lo que ahora repite a otras familias en el barrio.
El cuadro tiene nombre clínico y consecuencias concretas: la psicóloga Susan Albers, de Cleveland Clinic, una de las instituciones médicas de referencia en Estados Unidos, sostiene que la presión por las tareas, las calificaciones y la exigencia cotidiana puede acompañar a los estudiantes fuera del aula y expresarse en cambios de humor, dificultades de conducta e incluso síntomas físicos. Para la especialista, el acompañamiento empieza por los adultos del entorno más cercano, porque la manera en que reaccionan madres, padres, abuelos, tíos o docentes influye de manera directa en cómo un joven procesa esa carga.
La calma como primer recurso, antes de cualquier respuesta
Yo le pregunto a las familias, en las consultas y en las charlas que damos en los centros comunitarios, qué hacen cuando ven a un chico alterado por una tarea que no salió o por una nota que no fue la esperada. La mayoría reconoce que la primera reacción es saltar a resolver:, retar, calmar. Albers propone algo distinto y, a la vez, muy difícil en el fragor del living: hacer una pausa antes de reaccionar. Esa pequeña espera le permite al adulto no transmitir su propia ansiedad y, al mismo tiempo, le enseña al estudiante que es posible pedir ayuda sin que el mundo se venga abajo.
La especialista también subraya que el apoyo no se agota en la familia directa. Contar con otros adultos de confianza —un entrenador, una maestra particular, un referente barrial— que puedan regular sus propias emociones es clave para sostener al joven cuando la rutina lo desborda. Y hay un punto que a mí, como adulta, me cuesta especialmente: si quien cuida también está estresado, no tiene por qué esconderlo. Mostrar que uno trabaja sobre esa dificultad y que busca ayuda puede ser, paradójicamente, la mejor lección.
Señales que a veces no se dicen con palabras
La necesidad de acompañamiento no siempre aparece expresada en palabras. Albers advierte que la presión del colegio puede manifestarse en el hogar mediante variaciones del ánimo, irritabilidad, aislamiento o molestias físicas como dolor de panza, de cabeza o fatiga sin causa aparente. A las tareas y las expectativas se suman las comparaciones en redes sociales y los mensajes que mantienen al estudiante permanentemente conectado con las demandas escolares, incluso cuando ya salió del edificio del colegio.
“La preocupación intensa ocupa recursos de la memoria de trabajo, que es la que necesitamos para manejar información en el momento, y eso dificulta recuperar lo aprendido.”Susan Albers, psicóloga de Cleveland Clinic
Esa distinción que hace la especialista entre una exigencia que puede resultar estimulante y una respuesta de estrés demasiado frecuente o prolongada es central. Cuando el organismo dispone de menos oportunidades para recuperarse, el rendimiento académico termina resentido. Explicarles a los chicos por qué cuidar el bienestar también tiene importancia para rendir —y no es un eslogan— puede ayudarlos a entender que dormir bien, comer tranquilo y descansar no es un premio, sino parte del estudio.
- Revisar juntos qué tareas requieren resolución inmediata, cuáles admiten una espera y qué se puede delegar o directamente quitar de la lista.
- Dividir la obligación prioritaria en acciones más pequeñas y concretas, para que una demanda que parecía imposible se convierta en pasos manejables.
- Limitar el desplazamiento continuo por redes sociales, que prolonga la sensación de estar bajo evaluación permanente.
- Proponer actividades alternativas como dibujo, música, lectura por placer o meditación, que permiten concentrarse en el presente y bajar la carga.
- Sostener el descanso y los vínculos presenciales: cenas sin pantalla, paseos cortos y conversaciones donde el tema no sea exclusivamente el colegio.
A María Inés, lo que más le sirvió, me contó la semana pasada mientras tomábamos mate en la vereda, fue dejar de preguntarle a Camila qué le pasaba en la escuela apenas cruzaba la puerta. Empezó, en cambio, a ofrecerle veinte minutos de descanso antes de cualquier conversación sobre tareas. Después, juntas, ordenaban la mochila en un pizarrón chico que colgaron en la cocina. Nada mágico, aclara, pero sí un cambio que las dos pueden sostener. Esa pequeña pausa, que Albers recomienda como primer paso, fue la que permitió, en su casa de Merlo, que la tensión dejara de vivirse como una emergencia diaria.
A dónde acudir y en qué horario
Para familias que necesiten orientación, en la Ciudad de Buenos Aires funciona la línea gratuita de asistencia psicológica del Gobierno porteño (147, opción 2), atendida por profesionales, de lunes a domingos de 8 a 24. En la provincia de Buenos Aires, el programa Centros de Atención Primaria de la Salud (CAPS) ofrece consulta espontánea con equipos de salud mental en cada municipio; los horarios varían por sede y pueden consultarse en la web del Ministerio de Salud bonaerense. También están los gabinetes psicopedagógicos escolares, a los que se puede solicitar turno a través de la dirección de cada colegio, y los centros de salud comunitarios barriales, que suelen atender sin turno previo durante la mañana.
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