A la caza del puma en la estepa santacruceña: una expedición desde Perito Moreno que se hace en silencio y con nieve hasta las rodillas
La ciudad chubutense convertida en base del Parque Patagonia ofrece salidas de tres días para rastrear al felino más grande de la región. El frío extremo que complica el asfalto es, paradójicamente, el mejor aliado del guía para seguir huellas en el terreno.

Salí de Bariloche temprano, con el tanque lleno y la térmica puesta, porque la idea de meterme en la estepa santacruceña en pleno julio me generaba más respeto que entusiasmo. La ruta nacional 40 me fue tragando durante horas, con el paisaje cambiando de verde a ocre y después a blanco. Desde Buenos Aires hasta Perito Moreno, la ciudad que funciona como cabecera del Parque Patagonia Argentina, hay unas veinte horas de viaje en auto si se hace sin escalas, aunque la mayoría de los operadores ofrecen transfers desde El Bolsón o Comodoro Rivadavia que reducen el traslado a entre seis y ocho horas. Yo opté por una de esas combis que salen desde El Bolsón: el ticket ida y vuelta ronda los 85.000 pesos argentinos por persona y el micro te deja en la puerta del hospedaje con el abrigo todavía seco, cosa que a la vuelta ya no se puede decir.
Perito Moreno es una localidad chica, de calles anchas y viento constante, atravesada por la ruta nacional 40 y la provincial 43, en el departamento Lago Buenos Aires. No tiene más de cuatro mil habitantes y vive pendiente del cielo, porque de la Patagonia austral se dice que tiene cuatro estaciones por día. En invierno, la nieve se acumula hasta las rodillas en los caminos vecinales y el asfalto se transforma en una pista de hielo que los vecinos transitan con cadenas o directamente con camionetas doble tracción. Eso sí: el termómetro rara vez baja de los diez grados bajo cero, pero la sensación térmica, con el viento patagónico soplando sin pausa, puede sentirse como veinte grados menos.
Cómo se rastrea al puma cuando la estepa se tiñe de blanco
Las excursiones para ver pumas en libertad duran tres días y arrancan antes del amanecer, cuando todavía es de noche y el frío aprieta de verdad. Cada jornada tiene un costo aproximado de 90.000 pesos por persona, con grupos reducidos de hasta seis viajeros y guías baqueanos de la zona, varios de ellos vinculados al Parque Patagonia. El safari no garantiza el avistaje, pero el proceso de búsqueda es en sí mismo el atractivo: se recorren quebradas, cañadones y estancias privadas donde el felino más grande de la región tiene sus madrigueras y zonas de caza.
El invierno, que parece el peor escenario posible, es en realidad la mejor temporada para el rastreo. La nieve funciona como una hoja en blanco donde cada huella queda impresa con una nitidez que en el suelo seco sería imposible. La marca del puma es inconfundible para quien la sabe leer: una almohadilla en forma de pentágono, sin marcas de uñas porque el animal las retrae al caminar, y con la pata delantera apenas más grande que la trasera. Cuando el guía encuentra una pisada fresca, se agacha, la mide, calcula la dirección y empieza la caminata en silencio, siempre a favor del viento para que el animal no detecte el olor humano.
El puma, un gigante silencioso que no ruge
Lo que más me llamó la atención cuando me lo contaron en el pueblo es que el puma adulto macho pesa entre 55 y 80 kilos, y la hembra entre 30 y 60, y sin embargo no ruge como los leones o los tigres. Se comunica con ronroneos, gruñidos agudos y silbidos que delatan su presencia mucho antes de que se lo vea. Puede saltar hasta cinco metros en vertical y más de diez en horizontal, una potencia que explica por qué es el depredador tope de la estepa y el regulador natural de las poblaciones de guanacos, choiques y liebres, su menú cotidiano en estos pagos.
En el camino de búsqueda, si el puma se deja ver, aparecen otros vecinos del ecosistema: guanacos en manada, zorros colorados y grises cruzando a la carrera, piches patagónicos que se entierran al sentir pasos, zorrinos que obligan a cambiar de rumbo y, sobre todo, un cielo movido con cóndores andinos planeando en círculos, choiques corriendo por la estepa y, en ciertos humedales, bandadas de flamencos que rompen el blanco del paisaje con su rosa intenso. En total, el área del Parque Patagonia y sus alrededores concentran más de 120 especies de aves registradas, un número que sorprende para un territorio que a primera vista parece vacío.
Qué más hacer en los alrededores de Perito Moreno
La ciudad no es solo punto de partida para el safari de pumas. A pocos kilómetros hacia el oeste está Los Antiguos, un pueblo que se jacta de tener un microclima de valle que permite cultivar cerezas y frutillas de fama nacional, y donde las chacras abren sus tranqueras para la cosecha en diciembre y enero. Más al sur, cruzando la ruta 40, queda el Parque Provincial Cueva de las Manos, con sus pinturas rupestres de más de nueve mil años de antigüedad que son patrimonio de la humanidad. Y si el viaje se estira un día más, el Parque Nacional Patagonia Argentina, que depende de la Fundación Tompkins Conservation, tiene senderos señalizados de baja que permiten caminar entre lengas y coihues con vista al río Pinturas.
La recomendación del lugareño
Antes de volverme, me senté a tomar un mate con Carlos Mansilla, baqueano de toda la vida y guía habilitado del Parque Patagonia, que me dijo algo que se me quedó grabado: 'Acá el puma te encuentra a vos, no al revés. Vos caminás la estepa con respeto, dejás que el viento te lleve, y si tenés que verlo, lo ves. Si no, te vas con la foto de la huella, que ya es un regalo enorme'. Carlos me insistió con algo práctico: llevar ropa térmica en capas, guantes de recambio, linterna frontal, binoculares propios si los tenés, y sobre todo botas de trekking impermeables con buen aislamiento, porque el piso helado y la nieve blanda son la combinación que más castiga los pies. Con ese equipamiento y tres días de paciencia, la estepa santacruceña termina abriendo sus persianas, aunque el puma decida o no asomarse.
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