Una suegra quechua y un living con demasiados silencios: la nueva comedia de Andrea Garrote
En el Teatro Picadero, la dramaturga vuelve a escena con una familia que discute sobre adjetivos pero esquiva lo importante. Cuatro actores, ochenta minutos y un personaje que llega para desordenar todo.

Les confieso algo antes de arrancar: la primera vez que escuché el nombre de la obra, Amaru, me quedé repitiéndolo como si fuera un rezo. Después me contaron que en quechua significa serpiente sagrada, y ahí entendí que el nombre no era un capricho. Era una pista de lo que se venía. Porque la chica que llega a esa casa no empuja la puerta a los empujones: se desliza, como las sierpes, y se mete en los rincones donde uno guarda lo que no quiere ver.
La obra que escribió Andrea Garrote y que comparte dirección con Carolina Stegmayer se presenta los domingos a las 18 en el Teatro Picadero, pasaje Enrique Santos Discépolo 1857. Son ochenta minutos que se pasan volando, se los digo de entrada, y conviene llegar con tiempo porque la sala se llena. La pieza llega después de que Garrote se diera a conocer con Pundonor, su monólogo de 2018, y se nota esa misma obsesión por la palabra exacta, por el gesto justo, por el silencio que pesa más que cualquier parlamento.
Una familia que habla de todo menos de lo que le pasa
Lo que cuenta Amaru es, en apariencia, sencillo: una madre, un padre y un hijo de clase media ilustrada reciben a la novia de su hijo, Lucas, una chica llamada Amaru, que trae consigo otro ritmo, otra forma de mirar el mundo. Pero no se confundan, que acá no estamos ante un dramón familiar ni ante una historia de amor convencional. Estamos ante una comedia con humor sostenido, construida en capas, que en el tramo final se permite un guiño fantástico sin perder el tono. La madre desconfía, el padre se deja seducir por el vértigo de lo nuevo, y el hijo observa cómo su mundo doméstico se transforma desde adentro. Ella no viene a provocar nada, pero lo provoca todo: propone pactos sobre el uso de pantallas, tiene una relación distinta con el tiempo y trae un contacto afectivo que en esa casa nunca había tenido lugar.
Hay algo en esa dinámica que duele y divierte al mismo tiempo, y a mí, mientras la veía, me vino a la memoria esa copla vieja que dice: En esta casa sobran libros y faltan abrazos, sobran adjetivos y faltan ganas. Porque la familia de Amaru es experta en discutir semántica, en hilar fino con las palabras, en encontrarle la quinta pata al gato de una frase mal puesta, pero es incapaz de hablar de lo que de verdad les está pasando. Y esa es la trampa que la obra desnuda con elegancia, sin golpes bajos, con la precisión de quien sabe que el humor, cuando está bien dosificado, dice más que cualquier grito.
Los cuatro de la mesa y una escenografía que cuenta por sí sola
- Garrote interpreta a Mariel, la madre, y la lleva al extremo con una precisión cómica que no sacrifica la emoción: cada gesto, cada pausa, cada sobreactuación medida al milímetro.
- Marcos Ferrante compone a un padre en plena crisis de mediana edad, que en Amaru encuentra un espejo donde mirarse sin defensas.
- Julián Cnochaert, como Lucas, el hijo, alterna el humor con la ternura de manera casi imperceptible, como si uno no supiera cuándo le están sacando una sonrisa y cuándo le están apretando el pecho.
- Fiamma Carranza Macchi da vida a Amaru con una presencia que genera tanto encanto como inquietud: uno no sabe si abrazarla o cuidarse de ella.
La escenografía minimalista de Santiago Badillo organiza el espacio en niveles, y eso no es un capricho estético: es una decisión que acompaña la dinámica de poder entre los personajes. Los que están arriba miran distinto a los que están abajo, y Amaru, literalmente, entra y mueve los planos. Veremos cómo se desarrolla la propuesta a lo largo de las funciones, porque la sensación que me dejó es que hay material para seguir explorando, y mucho.
Si me preguntan a quién se la recomiendo, les digo que se la recomiendo a cualquiera que haya cenado alguna vez en una mesa donde sobraron las palabras y faltó lo otro. A cualquiera que haya discutido por un adjetivo mientras por dentro se le caía el mundo. A cualquiera que haya sospechado, alguna vez, que la gente que más habla es la que menos dice. Esa dinámica, créanme, está más cerca de lo que uno quisiera admitir, y la obra la pone sobre el escenario sin piedad pero con cariño, que es la mejor combinación que puede tener una buena comedia.
“Amaru se presenta los domingos a las 18 en el Teatro Picadero, pasaje Enrique Santos Discépolo 1857. La función dura ochenta minutos. Y a la salida, mientras caminaba por la calle todavía con la imagen de esa mesa revuelta, escuché a alguien decir al amanecer, textual, como quien no quiere la cosa: A veces las palabras no nos alcanzan, y sin embargo seguimos hablando.”Sergio Tolaba, Folclore y cultura
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