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Una pausa a tiempo: cómo cortar el agotamiento cotidiano sin agregar más obligaciones a la jornada

Caminar, cerrar los ojos unos minutos o recurrir a la técnica de los cinco sentidos puede devolver concentración cuando el peso del día se vuelve insoportable. Especialistas insisten en que estas prácticas no reemplazan un tratamiento cuando el malestar se instala y altera el sueño, el trabajo o los vínculos.

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Micaela YapuraComunidades y territorio · 19 DE SEPT DE 2026 · 4 min de lectura

Me lo dijo una vez una vecina de Soldati, mientras esperaba el bondi con la mirada perdida en la vereda de enfrente: «a veces no es que falten ganas, sino que la cabeza ya no da para más». Esa frase me volvió a la memoria mientras recorría las recomendaciones que distintos profesionales comparten sobre algo tan simple y, a la vez, tan difícil de aplicar como parar. No se trata de filosofía new age ni de promesas mágicas: la evidencia disponible y la experiencia clínica coinciden en que una pausa breve, bien elegida, puede devolver algo de aire a una jornada que se volvió irrespirable.

Elegir cómo parar, según el tiempo y el ánimo

No existe una fórmula única. Algunas personas necesitan levantarse de la silla y estirar las piernas; otras prefieren cerrar los ojos en silencio o recibir una llamada de alguien de confianza. Lo importante, coinciden los especialistas, es que la pausa no se convierta en una presión adicional ni en otra tarea pendiente en una agenda ya saturada. Puede consistir, simplemente, en apartarse de las notificaciones, quedarse unos minutos sin hablar o cambiar de ambiente, aunque sea dentro de la misma oficina. La duración se ajusta a lo que el cuerpo y el momento permitan.

La técnica de los cinco sentidos como ancla

Para quienes quedan atrapados en pensamientos que giran una y otra vez sobre lo mismo, hay una herramienta concreta que suele recomendar la consulta psicológica: la técnica 5-4-3-2-1. Consiste en reconocer, en ese orden, cinco elementos visibles, cuatro sensaciones de contacto con el cuerpo, tres sonidos del ambiente, dos aromas y un sabor. Antes de empezar, conviene hacer una respiración pausada, sin forzar la entrada de aire. La psicóloga clínica Sari Chait explicó que concentrarse en esos estímulos puede dar cierta distancia respecto de las preocupaciones, aunque aclaró que no elimina su causa: «orientar la atención hacia el entorno es una manera de interrumpir el ciclo, no de resolver lo que lo dispara», suele decir en sus entrevistas.

Caminar, moverse o compartir

Si el contexto lo permite, salir a caminar marca una diferencia documentada. Una investigación relevada por el New York Times evaluó a trabajadores que pasearon por un parque durante quince minutos en el horario del almuerzo, a lo largo de diez días laborales consecutivos: en esas jornadas reportaron menos fatiga y mayor concentración por la tarde. Quienes, en cambio, hicieron ejercicios de relajación también mostraron mejoras frente a sus pausas habituales. Los resultados no garantizan un efecto inmediato ni idéntico para todos, pero coinciden en algo: moverse, aunque sea poco, interrumpe el estado de agotamiento. Dentro de casa o del trabajo, estirar las piernas, hacer movimientos de movilidad o bailar una sola canción pueden servir como puerta de entrada a esa desconexión. Compartir el momento con alguien —una llamada, un intercambio con una persona de confianza— suma conversación y corta la atención puesta en el malestar.

  • Apartarse de las notificaciones durante unos minutos.
  • Permanecer en silencio o cambiar de ambiente, aunque sea dentro del mismo lugar.
  • Practicar la técnica 5-4-3-2-1 para anclar la atención en el entorno.
  • Caminar quince minutos al aire libre si hay oportunidad.
  • Estirar el cuerpo, moverse o bailar brevemente.
  • Cerrar los ojos entre diez y quince minutos para favorecer la recuperación.
  • Llamar o conversar con alguien de confianza para cortar el ciclo de preocupación.

Descansar con los ojos cerrados y hasta dónde alcanza

La neurocientífica Heidi Hanna, directora asociada del Academy for Brain Health and Performance de la Universidad de Texas en Austin, señaló que mantener los ojos cerrados entre diez y quince minutos puede favorecer la recuperación cognitiva. Detalló que ese intervalo debe ajustarse a las necesidades personales y que, en ningún caso, reemplaza al sueño adecuado: «la microsiesta sirve para resetear la atención, no para acumular deuda de descanso», suele remarcar. El límite de todas estas prácticas aparece cuando el malestar continúa, aumenta o empieza a interferir con el sueño, el trabajo o los vínculos. La terapeuta Tyana Tavakol, especialista en ansiedad y regulación emocional, recomienda considerar una consulta profesional si los intentos personales no alcanzan y los síntomas se sostienen en el tiempo. En la práctica cotidiana, eso se traduce en algo que suele postergarse: pedir turno, contarle a alguien de confianza lo que está pasando y aceptar que parar, a veces, también significa pedir ayuda.

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Micaela YapuraComunidades y territorio

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