Patricio Abadi sube a las tablas el duelo más íntimo: la despedida de su madre en un biodrama que rehusa la sensiblería
Lenguajes del adiós, el unipersonal que el dramaturgo argentino presenta los domingos en El Camarín de las Musas, reconstruye la enfermedad y la muerte de su madre a partir de registros en VHS filmados en familia. La puesta combina humor y dolor sin abandonar la austeridad, y vuelve sobre la pregunta por cómo se narra lo indecible cuando el protagonista es el propio hijo.

El dramaturgo Patricio Abadi, autor de más de cuarenta obras teatrales y figura de larga trayectoria en la escena argentina, convirtió la enfermedad y la muerte de su madre en material escénico con Lenguajes del adiós, un unipersonal que él mismo protagoniza y que puede verse los domingos a las 18 en El Camarín de las Musas, la sala ubicada en Mario Bravo 960. La función, de una hora de duración, tuvo paso previo por el Teatro Nacional Cervantes y se inscribe en una modalidad particular dentro del teatro argentino contemporáneo: la del biodrama, es decir, el relato autobiográfico donde el artista no construye un personaje sino que expone su propia historia frente al público, sin mediaciones ficcionales.
El centro del espectáculo es su madre, una profesora de letras que murió de cáncer de páncreas. En torno a ese eje, Abadi recorre el proceso de la enfermedad, los últimos momentos de vida y los años posteriores a la pérdida, apelando a recuerdos familiares, canciones y, sobre todo, a registros en VHS que él y su hermano filmaron durante la etapa final del cuadro clínico. Esas imágenes caseras, proyectadas en una pantalla, funcionan como columna vertebral del relato: reemplazan la parafernalia técnica por la intimidad de un archivo doméstico, y obligan al espectador a mirar de frente aquello que, en general, el lenguaje cotidiano prefiere elidir.
Austeridad, humor y la voz de Sontag como contrapunto
La puesta es deliberadamente austera. No hay efectos de iluminación elaborados ni edición de video llamativa. La escenografía se reduce a un escritorio pequeño, una silla, algunos objetos personales y la pantalla donde se proyectan los registros hogareños. Esa decisión formal no es un detalle menor: al renunciar al artificio, el unipersonal le pide al público que se concentre en lo que se dice y en lo que se ve, sin el refugio de un montaje que ordene las emociones.
En el plano dramático, Lenguajes del adiós alterna el dolor con el humor. En uno de los tramos, Abadi relata la primera presentación de su pieza Ya no pienso en el matambre ni le temo al vacío en un festival teatral, y evoca la reacción de su madre en esa ocasión. El recuerdo opera como un respiro dentro de la estructura y como un modo de sostener el vínculo sin caer en la solemnidad. El texto también incorpora una cita de Susan Sontag que el dramaturgo hace propia: El cáncer de páncreas está asociado a la falta de dulzura. Y yo pienso en mamá. En todas las caricias que le fueron sustraídas a mi mamá desde la infancia. No nacer del deseo sino de la atrocidad. La frase, atribuida por Abadi a la ensayista estadounidense, se vuelve una llave para leer buena parte de lo que se cuenta en escena.
La vida que continúa después del relato
- Formato: unipersonal autobiográfico, sin personaje construido. Abadi aparece como hijo y como narrador, no como intérprete de un rol.
- Material de base: registros en VHS filmados por el dramaturgo y su hermano durante los últimos momentos de vida de su madre, proyectados en escena como columna vertebral del relato.
- Recursos expresivos: alternancia entre dolor y humor, canciones, anécdotas familiares y una cita de Susan Sontag sobre el cáncer de páncreas.
- Dispositivo escénico: escritorio pequeño, una silla, objetos personales y una pantalla. Austeridad deliberada, sin iluminación elaborada ni edición de video.
- Cierre: imágenes del hijo pequeño de Abadi junto a su exesposa, que funcionan como signo de la continuidad de la vida después de la pérdida.
- Trayectoria: la obra se estrenó en el Teatro Nacional Cervantes y ahora lleva su temporada en El Camarín de las Musas (Mario Bravo 960), los domingos a las 18, con una duración de 60 minutos.
Hacia el final de la pieza, la proyección abandona los registros de la madre y muestra imágenes del hijo pequeño de Abadi junto a su exesposa. El corte no es decorativo: señala la continuidad de la vida por fuera del duelo y desplaza el centro de gravedad del relato. Después de una hora de íntimo con la enfermedad y la despedida, el espectáculo deja al espectador del lado de lo que sigue, y no del lado de lo que terminó. Esa operación, tan sobria como el resto de la puesta, es la que distingue a Lenguajes del adiós de otros trabajos que toman la pérdida como materia escénica.
Con este montaje, Abadi se suma a una lista creciente de autores argentinos que llevan materiales autobiográficos a la escena bajo la etiqueta del biodrama, un formato que, por definición, pone en juego la opacidad del escritor: lo que se cuenta es, literalmente, lo vivido. La singularidad de Lenguajes del adiós está en el modo en que esa exposición se dosifica: austeridad escenográfica, archivos hogareños, humor como regulador del dolor y una cita de Susan Sontag como clave de lectura. El resultado es un unipersonal que se presenta como un acto de memoria más que como un espectáculo del yo, y que invita a pensar cómo se narra en público aquello que, en general, se calla en la vida privada.
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