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Maní en la mesa: por qué una reacción leve puede ser la antesala de una emergencia

La alergista Jaclyn Bjelac, de Cleveland Clinic, advierte que no hay forma de anticipar la gravedad del próximo episodio y détaille cuáles son los signos que obligan a actuar sin demora, cómo preparar a la familia y por qué los más chicos requieren un ojo entrenado.

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Jimena CruzSociedad y salud · 10 DE SEPT DE 2026 · 4 min de lectura

Lo que en la primera vuelta fue apenas un sarpullido en la muñeca de Tomás, cuatro años, durante un cumpleaños en un quincho de Moreno, terminó en la guardia de un hospital de Morón con una inyección en el muslo y la sirena del SAME todavía sonando en la cabeza de su madre. Ese episodio, que empezó como una ronchita aislada después de probar un trozo de torta, avanzó en menos de veinte minutos hacia una hinchazón en los labios y una tos que no cedía. La familia había escuchado mil veces que las alergias alimentarias son cosa seria, pero recién entonces entendió de qué se trataba esa seriedad: de segundos, no de consejos.

La alergista Jaclyn Bjelac, de la Clínica Cleveland, lo resume con una frase que a los padres les cuesta digerir: no existe forma confiable de predecir cuán grave será una reacción futura a partir de lo que ocurrió en el pasado. Una persona que solo tuvo manifestaciones leves en exposiciones previas puede presentar una respuesta mucho más intensa ante un nuevo contacto con maní. En otras palabras, el antecedente no funciona como garantía; funciona, en el mejor de los casos, como una advertencia de que el sistema inmunológico ya está sensibilizado y puede volver a reaccionar, y esta vez con más fuerza.

Las señales que no admiten espera

  • Dificultad para respirar o sensación de garganta cerrada.
  • Hinchazón marcada, sobre todo en labios, lengua o párpados.
  • Mareos, palidez o desmayo.
  • Síntomas que aparecen en dos o más zonas del cuerpo al mismo tiempo, aunque cada uno por separado parezca moderado.
  • Malestar que empezó leve pero avanza o se extiende en lugar de ceder.

Frente a cualquiera de esos cuadros, la indicación es tajante y no admite debates familiares: lo primero es administrar la epinefrina recetada por el médico tratante, siempre en la cara externa del muslo, y llamar en paralelo a los servicios de emergencia. La espera, la duda sobre si \"será tanto\" o el intento de llegar por medios propios al hospital son, según Bjelac, los errores que más se repiten y los que más cuestan. La anafilaxia puede iniciarse de forma súbita, pero también puede comenzar con molestias que parecen moderadas y agravarse después, y esa ventana de ambigüedad es exactamente la que la preparación previa tiene que achicar.

Los más chicos: síntomas parecidos, lenguaje distinto

En bebés y niños pequeños, identificar la reacción puede ser más complejo que en un adulto que sabe decir \"me falta el aire\". Los más chicos pueden presentar los mismos signos que los chicos más grandes, pero también formas de expresión algo distintas: irritabilidad súbita, llanto que no calma, voz ronca, babeo excesivo, rechazo del alimento o una somnolencia fuera de lo habitual. Esa variación vuelve más importante que cuidadores, familiares, personal de guardería y docentes conozcan de antemano qué observar y cómo proceder, porque la diferencia entre un susto y una tragedia muchas veces la marca la velocidad con la que un adulto alrededor del niño reconoce lo que está pasando.

Bjelac subraya que la preparación previa es parte central de la respuesta y no un complemento opcional. Tener un plan de acción por escrito, con la medicación al alcance de la mano y la fecha de vencimiento chequeada, reduce la duda en el momento en que menos tiempo hay para dudar. Esa organización también implica que todas las personas que forman parte de la vida del niño —abuelos, vecinos, madres y padres de amigos, preceptores— sepan dónde está el autoinyector, cómo se usa y a qué número llamar. A la preparación se suma la prevención cotidiana: saber en qué productos puede estar presente el maní —desde golosinas y galletas hasta salsas, chocolates, productos de panadería y ciertos platos de restaurantes— y leer cada etiqueta antes de ofrecer un alimento nuevo, porque una exposición accidental es, la mayoría de las veces, la antesala del episodio que se intenta evitar.

Para familias que viven en la Argentina, el primer paso sigue siendo la consulta con un alergista pediátrico o de adultos, que es quien confirma el diagnóstico, indica el autoinyector de epinefrina correspondiente y entrega, por escrito, el plan de acción personalizado. Ante una reacción en curso, la indicación es no conducir ni esperar a ver si mejora: llamar de inmediato al SAME (107 en la Ciudad de Buenos Aires y en varias localidades del conurbano bonaerense, 107 también en la Provincia de Buenos Aires según la zona) o concurrir a la guardia más cercana. Para asesoramiento no urgente, la Asociación Argentina de Alergia e Inmunología Clínica (AAAeIC) orienta sobre profesionales matriculados en cada provincia a través de su página web y su línea de contacto, en horario comercial. La sensación de control, coinciden los especialistas, no nace de que la reacción no vuelva a ocurrir, sino de haber hecho los deberes antes de que ocurra.

JC
Jimena CruzSociedad y salud

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