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La salud mental de la infancia está en el centro de la tormenta y el sistema no logra responder

Chicos y chicas llegan a escuelas, consultorios y guardias arrastrando violencias, pantallas y hambre. Los equipos son pocos, las esperas se eternizan y la atención llega partida en pedazos.

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Micaela YapuraComunidades y territorio · 10 DE SEPT DE 2026 · 4 min de lectura

Empiezo por una escena que se repite en escuelas, guardias y consultorios del conurbano y de las ciudades más chicas del país y que, sin embargo, todavía no encuentra un lugar en la agenda pública como problema serio: una chica de doce años que se lastima los brazos en silencio; un varón de catorce que deja de comer y se queda dormido en el aula; una adolescente que cuenta, después de años, la agresión que sufrió cuando tenía siete. Detrás de cada uno de esos síntomas hay una historia que tardó demasiado en encontrar a alguien dispuesto a escucharla, y lo que terminó encontrando fue, casi siempre, un servicio saturado.

Violencias que pesan desde antes de los dieciocho

La violencia es el corazón del cuadro y no es una palabra abstracta: tiene números y tiene nombres. Las estimaciones de UNICEF indican que 1 de cada 8 niñas y mujeres argentinas sufrió una violación o una agresión sexual antes de cumplir los dieciocho; entre los varones, la proporción es de 1 de cada 11. Buena parte de esas experiencias permanece silenciada porque nunca encontró un interlocutor válido, y sus efectos sobre la salud mental pueden extenderse durante toda la vida. A ese mapa se suman los maltratos cotidianos, la negligencia y las humillaciones que pocas veces quedan registradas en algún expediente, y que sin embargo pesan tanto como el peor de los golpes.

Yo sostengo lo que sostengo hace años: en cada aula del país hay al menos un chico que está tratando de sobrevivir a algo que nunca nos animamos a preguntar, y mientras esa pregunta no se haga, cualquier política educativa va a ser papel mojado.

Pantallas, apuestas y un aprendizaje cada vez más roto

A ese cuadro se sumó, en los últimos años, una nueva capa. Las plataformas digitales empujaron a niños y adolescentes hacia contenidos sexuales no deseados, hacia apuestas y hacia un sinfín de materiales que promueven conductas de riesgo. De acuerdo con datos de UNICEF, 1 de cada 4 adolescentes argentinos apostó dinero al menos una vez, lo que dibuja una línea directa entre la precariedad emocional y la exposición temprana a estímulos que funcionan como puerta de entrada a nuevas dependencias. El uso intensivo de pantallas no aparece como un pasatiempo inocentón: en muchos casos oficia de refugio ante soledades que no tienen otro lugar adonde ir y de anestesia frente a situaciones que ningún chico debería estar viviendo a esa edad.

Los resultados de las pruebas PISA 2025 sumaron una señal más que no deberíamos mirar en soledad: casi 8 de cada 10 estudiantes argentinos de quince años no alcanzaron el nivel básico en Matemática, y alrededor de 6 de cada 10 tampoco lo hicieron en Lectura ni en Ciencias. Aprender pide atención, confianza y tolerancia a la frustración, tres recursos que se agotan rápido cuando la energía psíquica está puesta en sobrevivir al hambre, la violencia o el abandono, y por eso coincido con quienes advierten que la crisis de aprendizaje no se arregla solo con contenidos escolares.

Servicios saturados y un chico que se pierde en el medio

Cuando una familia logra advertir que algo está mal y se anima a pedir ayuda, lo que suele encontrar es un sistema que no termina de dar respuestas. Los equipos especializados en salud mental infantil son escasos, los servicios están saturados y los tiempos de espera convierten una señal temprana en una urgencia que termina en la guardia. La atención llega fragmentada, repartida entre la escuela, el hospital y la justicia, como si se tratara de casos distintos cuando se trata siempre del mismo chico: la escuela recibe el problema de conducta, el hospital recibe el síntoma, la justicia recibe la infracción, y el chico se queda en el medio como un número dentro de un circuito de informes e intervenciones que rara vez se articulan.

  • Aulas desbordadas por situaciones emocionales que ningún manual docente alcanza a contener.
  • Guardas hospitalarias donde los equipos de salud mental infantil son los más golpeados por la demanda.
  • Servicios intermedios con listas de espera que pueden extenderse durante meses.
  • Una fragmentación institucional que muchas veces termina desprotegiendo a quien más necesita del Estado.

Cierro como empecé: con lo que me tocó cubrir como cronista y con lo que me sigue golpeando. Hace años que recojo testimonios en territorios donde la salud mental infantil se discute en los pasillos de los centros de salud, en reuniones de padres y en rondas de maestros, y una y otra vez vuelve el mismo reclamo pendiente: la necesidad de equipos interdisciplinarios sostenidos, con financiamiento estable y con continuidad, que trabajen de manera articulada con las escuelas y con los organismos de protección de derechos, en lugar de seguir tapando baches con voluntades individuales. Mientras esa deuda siga abierta, las señales tempranas van a seguir transformándose en urgencias y los chicos van a seguir quedando en el medio, a la espera de un sistema que, por ahora, no termina de llegar.

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Micaela YapuraComunidades y territorio

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