La luz, el barro y el silencio: Lucio Boschi y el museo que la Puna jujeña recibió sin pedirlo
En la Quebrada de Huichaira, a 2.700 metros de altura y sin un solo cartel en la ruta, funciona un museo de fotografía latinoamericana que creció de boca en boca y hoy convoca a visitantes de todo el país, con biblioteca, residencias y un programa gratuito para jóvenes fotógrafos del norte argentino.

María Elena llegó a Tilcara en una mañana de septiembre, cuando el aire de la quebrada todavía corta la cara y los cerros se recortan en un azul casi agresivo. Preguntó en la terminal, preguntó en la plaza, preguntó en el hospedaje. Nadie le supo decir con exactitud dónde quedaba el museo. Tuvo que emprender la caminata por la ruta 9 guiada por una intuición y por las señas que le dio un puestero del mercado, hasta que descubrió, casi como quien tropieza con un pueblo perdido, una construcción baja de adobe pegada al cerro, sin revoque externo, sin marquesina, sin nada que la diferenciara de las casas vecinas, salvo porque adentro había un universo entero de fotografía.
Ese lugar se llama Museo Entre los Cerros (MEC), está en la Quebrada de Huichaira, en la provincia de Jujuy, a 2.700 metros de altura, frente a Tilcara, y es una rareza que ya tiene dimensión nacional: un museo de fotografía argentina y latinoamericana que funciona desde 2012 sin señalización en el camino, sin publicidad en redes, sin una gigantografía en la entrada, y aun así recibe público de todo el país, además de curadores y directores de instituciones internacionales de primer nivel. La decisión de no poner carteles fue deliberada, deliberación que pertenece a un fotógrafo nacido en la provincia de Buenos Aires hace sesenta años, llamado Lucio Boschi, que construyó el lugar con sus propias manos, literalmente, después de años de vivir en los cerros del norte y de recorrer quebradas buscando un sitio donde la luz le pareciera distinta.
Cómo se hizo, ladrillo por ladrillo, un museo que no quería ser visto
Lucio llegó a la zona siguiendo el curso del río Huichaira. Cuenta que una formación natural del terreno lo detuvo a tal punto que decidió comprar ese pedazo de quebrada. Primero levantó una casa de barro, la que todavía hoy se confunde con las viviendas locales; después pensó en hacer algo más grande con esa luz que lo había seducido, y así fue como el proyecto privado se volvió, sin proponérselo del todo, una institución. La arquitectura es de adobe, lo que permite que la luz natural ingrese a las salas en un horario cambiante y que el paisaje entre al recorrido como una obra más, sin necesidad de marcos ni de explicaciones: se camina por dentro y se camina por fuera al mismo tiempo.
Para armar la colección permanente, Boschi recurrió a un método que hoy suena casi artesanal en la era de los e mails y las galerías virtuales, pero que en su momento le dio resultado, y mucho: escribir cartas a colegas que había conocido en años de trabajo internacional, mover contactos que tenía en galerías y con coleccionistas, y golpear puertas hasta que las puertas se abrieran. Todos, o casi todos, le respondieron que sí. La sala reúne obras donadas de figuras que el lector de a pie tal vez no ubique en el nombre pero sí en la imagen, entre ellas Marcos López, Graciela Iturbide, Martín Chambi, Alessandra Sanguinetti, Irina Werning y Rodrigo Abd, una lista que cualquier museo metropolitano exhibiría con bombos y que acá convive, sin vitrinas lujosas, con la textura del barro y el rumor del viento.
El boca a boca como política cultural
Durante los primeros meses, no iba nadie. Eso podría haber sido motivo de desaliento para cualquier gestor cultural, pero Boschi lo asumió como parte del proyecto, de la misma manera que asumió no poner un cartel en la ruta 9. La primera visitation vino del lado más previsible: los chicos de la escuela vecina, que cruzaban la quebrada a pie y se asomaban a curiosear. Después vinieron los guías de turismo locales, que empezaron a recomendarlo a sus pasajeros sin que nadie se los pidiera. Más tarde, los propios fotógrafos empezaron a pasarse la voz en foros y en encuentros profesionales, y la curva de visitas creció hasta llamar la atención de curadores y directores de museos que viajaron especialmente hasta Huichaira para ver qué era eso que crecía sin ruido en medio de la Puna.
- Biblioteca especializada abierta a investigadores y a la comunidad local.
- Talleres y residencias artísticas para fotógrafos de distintas provincias.
- Programa gratuito de formación orientado a jóvenes fotógrafos del norte argentino.
- Programación comunitaria que convierte al museo en punto de encuentro del pueblo.
- Colección permanente donada por artistas argentinos y latinoamericanos.
Cómo llegar y qué esperar
Para visitarlo, conviene ir con tiempo, ropa de abrigo para el clima de la Quebrada y la expectativa de caminar despacio, porque las salas, iluminadas con luz natural y equipadas con bancos para detenerse, invitan a otro ritmo. La referencia más práctica es tomar la ruta 9 desde Tilcara, ya que el GPS puede no estar actualizado en los tramos finales de los caminos del cerro. El museo abre de martes a domingos, en horario de 10 a 18, y la entrada es libre y gratuita, aunque se aceptan contribuciones para sostener el programa de formación.
Yo creo que vale la pena contarlo así, desde la historia de María Elena que se perdió tres veces antes de llegar, porque el MEC es un caso que dice algo sobre cómo se hace cultura en la Argentina profunda: no siempre hace falta una marquesina en la ruta ni una campaña en redes para que un proyecto se vuelva imprescindible, a veces basta con que alguien con la obstinación de Lucio Boschi se siente a escribir cartas, a levantar paredes de adobe y a confiar en que el viento, tarde o temprano, se encarga de llevar la voz.
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