Joshua Slocum, el hombre que le dio la vuelta al mundo solo en un balandro y desapareció sin dejar rastro
En 1898 se convirtió en el primer navegante solitario en circunnavegar el planeta. Once años después zarpó rumbo al sur y jamás volvió. Su historia vuelve a interpelarnos porque demuestra hasta dónde puede llegar la voluntad de un hombre cuando decide hacerse a la mar.

A Joshua Slocum lo busqué durante varios años en los archivos y en los libros de cabecera de los viejos capitanes de río que aún cuentan historias frente a la costa. Lo encontré siempre del mismo modo: en una fotografía amarillenta, con gorra oscura, barba cerrada y la mirada quieta de quien ya sabe algo que todavía no dice. La última vez que partió de un puerto conocido llevaba encima un reloj roto, una nieta aprendiendo a caminar, y la certeza —según le escribió a un amigo— de que esta vez iba a probar el canal del diablo, donde la corriente arrastra incluso a los pájaros. Tenía 65 años, las manos llenas de callos y el cuerpo entero convertido en una sola pieza con el casco del Spray. Aquel día de noviembre de 1909, en la costa de Massachusetts, su mujer besó la Biblia que él le había dejado y no volvió a verlo.
El dato que sostiene toda esta historia es que Slocum completó entre 1895 y 1898 la primera vuelta al mundo en solitario comprobada por la historia moderna de la navegación. Cubrió más de 46.000 millas náuticas en un balandro pesquero de once metros llamado Spray, sin tripulación, sin radio y, según él mismo presumía, sin saber nadar. Salió de Boston el 24 de abril de 1895, atravesó el Estrecho de Magallanes, cruzó el Pacífico y el Índico, y amarró de nuevo en Newport, Rhode Island, el 27 de junio de 1898. Ningún navegante había hecho ese recorrido solo antes que él.
El barco que él mismo levantó del pasto
El Spray no era una embarcación de lujo ni una nave de regata. Era un balandro pesquero arruinado, abandonado en un campo de la costa de Massachusetts, que Slocum reconstruyó tabla por tabla durante trece meses. Lo hizo sin más capital que el oficio que había acumulado desde los dieciséis años, cuando se enroló como cocinero y grumete para escapar de la granja familiar en Nova Scotia. Esa formación de navegante mercante, hecha a base de tormentas, turnos de seis horas y libros leídos a la luz de un candil, fue lo que le permitió resolver cada problema del viaje con cálculo y no con suerte.
Lo que vuelve a Slocum una figura única es la combinación de audacia y precisión artesanal con la que sorteaba cada dificultad. Navegó sin cronómetro marino digno de ese nombre: usaba un reloj barato de hojalata al que le faltaba el cristal. Lo compensaba con estimaciones de posición, observaciones lunares y la memoria corporal del mar que se había construido en décadas de oficio. Tampoco sabía nadar, y lo decía sin ironía: en medio del océano, sostenía, nadar solo servía para alargar la agonía.
- En el Estrecho de Magallanes esparció tachuelas de alfombra sobre la cubierta para disuadir a los fueguinos que querían abordar el barco de noche; los intrusos subieron descalzos, pisaron las puntas y huyeron.
- Cerca de las Azores, enfermo y delirante por alimentos en mal estado, creyó ver un piloto fantasma al timón; cuando se recuperó, el Spray seguía navegando con rumbo firme.
- Recorrió más de 46.000 millas náuticas en tres años, sin radio, sin tripulación y sin auxilios.
- Publicó en 1900 'Sailing Alone Around the World', un libro que empezó como serie en revistas y se volvió best-seller imediato gracias a un estilo seco, irónico y preciso.
La última salida y el silencio del mar
La fama no lo ancló. En noviembre de 1909, a los 65 años, zarpó una vez más desde la costa de Massachusetts hacia el Caribe, con intención de probar el canal del diablo entre Yucatán y Cuba, donde la corriente arrastra incluso a los pájaros. Nunca regresó. No se encontró el casco, no se encontraron restos, no hubo testigos de su final. Para la historia, Slocum murió en el mar sin que el mar devolviera una sola pista. Pienso en su mujer esperando en el muelle, en la nieta que crecía sin noticias, y en la posibilidad todavía abierta —porque nadie pudo cerrarla del todo— de que aquel hombre que unía el cálculo con el asombro haya encontrado, alguna madrugada cualquiera, un modo de irse que solo él entendía.
Para quien quiera seguir esta historia, el libro de referencia sigue siendo 'Sailing Alone Around the World', editado originalmente en 1900 y reimpreso por varias editoriales universitarias. En Argentina se consiguen ediciones en español en librerías de Boulogne o por pedido en las casas especializadas del microcentro porteño. Las hemerotecas digitales de la Biblioteca del Congreso y de la New York Public Library conservan las primeras notas de prensa sobre su llegada a Newport en 1898, en inglés y sin costo. Quienes prefieran acercarse al mar para entenderlo, pueden visitar los museos náuticos de Tigre, en la provincia de Buenos Aires, que abren de miércoles a domingos de 10 a 18, con entrada accesible y personal dispuesto a orientar sobre la vida a bordo de los balandros del Río de la Plata.
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