Garbanzos con calamares: el guiso exprés que mejora con el paso de las horas
La dupla legumbres y mariscos soporta tiempos cortos de cocina sin resignar profundidad. Con ingredientes de almacén y un sofrito clásico, el plato queda listo en 20 minutos activos y aguanta perfecto hasta el día siguiente.

Vine directo de la recorrida por el puerto y la verdad es que llegar a casa con hambre y pocas ganas de complicarme ya tiene solución: este guiso de garbanzos y calamares se arma con lo que suele haber en cualquier alacena bien equipada. Es de esos platos que parecen trabajados durante horas y, sin embargo, tienen la cocina abierta apenas veinte minutos. ¿El truco? Garbanzos ya cocidos y un sofrito bien concentrado que cargue con todo el sabor.
La base es de manual: cebolla picada, ajo y tomate se cocinan a fuego medio hasta que el conjunto se oscurece y queda casi como una pasta. Sobre ese fondo entran los calamares limpios, cortados en aros o en trozos chicos, y se saltan apenas el tiempo necesario para que cambien de color. Después se suman los garbanzos escurridos y caldo de pescado —casero o de tetrabrik, indistinto— y se deja hervir unos minutos hasta que todo se integre.
Una receta corta, sin sorpresas
- Sofrito: cebolla, ajo y tomate a fuego medio hasta concentrar.
- Calamares limpios cortados en aros, salteados brevemente en el sofrito.
- Garbanzos cocidos escurridos y caldo de pescado, hervor final de pocos minutos.
- Tiempo activo total: alrededor de 20 minutos.
El resultado final no es una sopa, sino más bien un guiso corto, casi un salteado húmedo, espeso y aromático. La combinación funciona porque las legumbres aportan una cremosidad natural y los calamares suman un punto marino que se impregna en cada bocado sin necesidad de reducir líquidos durante una eternidad.
El plato mejora de un día para el otro
Acá viene el dato práctico que a mí más me sirve: este guiso está mejor recalentado al día siguiente. Las legumbres absorben parte del caldo, los sabores se asientan y la textura queda más redonda. Prepararlo a la noche y llevarlo al trabajo en un recipiente hermético es una estrategia que rendía, al menos en mi oficina, más de una mirada curiosa al momento del almuerzo. Aguanta perfectamente en la heladera y recalienta sin perder estructura.
Si no hay calamar, hay reemplazo
El calamar no es el único cefalópodo que se banca esta preparación. La sepia aporta una textura más firme y un sabor algo más marcado; los chipirones, más chicos, se cocinan en menos tiempo y quedan tiernos si no se pasan de calor. Cualquiera de las tres opciones lleva al mismo plato final.
Desde lo nutricional, la mezcla de proteína vegetal de la legumbre con la proteína magra del marisco y pocas grasas lo convierte en una de las preparaciones más equilibradas que deja la cocina de costa. Para una foodie como yo, acostumbrada a la marmita de oficina, fue una de esas revelaciones simples: rápido, rico y mejor con el paso de las horas.
“Si te toca preparar una vez y comer dos, este es el plato ideal: el segundo día los garbanzos toman todo el sabor del calamar y la textura queda casi cremosa sin esfuerzo extra.”Mariana Castro, cocinera del restaurante La Ribera, en San Telmo
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