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Lunes, 5 de octubre de 2026
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Raíz Salteña

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Cuando la mente empieza a dudar de lo que ven los ojos: por qué esos cambios merecen una consulta médica

Alteraciones en la percepción, imágenes que nadie más ve o creencias que se imponen sobre la realidad pueden tener causas clínicas muy distintas. Especialistas insisten en que la evaluación profesional es la única manera de orientar un tratamiento adecuado y evitar diagnósticos equivocados.

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Micaela YapuraComunidades y territorio · · 4 min de lectura
Cuando la mente empieza a dudar de lo que ven los ojos: por qué esos cambios merecen una consulta médica

Soy Micaela Yapura y en esta nota me propongo acompañar a quienes atraviesan experiencias que, muchas veces, se callan por miedo o por vergüenza. Ver figuras donde no las hay, sentir que el cuerpo o los objetos cambian de tamaño o sostener una creencia firme que nadie más comparte no es un capricho ni una rareza: es una señal que el cuerpo y la mente están dando, y como toda señal merece una lectura profesional. La observación clínica, realizada con tiempo y con escucha, es la que permite distinguir entre una distorsión, una alucinación o un delirio, y la que orienta hacia la atención que cada persona necesita.

El primer paso, coinciden los especialistas, es no minimizar lo que ocurre. No hace falta tener un diagnóstico en la cabeza para pedir una evaluación médica. Los cambios repentinos en la visión, las distorsiones persistentes del tamaño de los objetos o las sensaciones físicas sin una explicación clara son motivos suficientes para acercarse a un consultorio. También lo son las creencias firmes sobre la salud o sobre las personas cercanas que generan un malestar intenso y terminan afectando los vínculos cotidianos, porque cuando la convicción se vuelve rígida y genera sufrimiento, dejó de ser una simple idea para convertirse en un síntoma.

Tres experiencias que no son lo mismo

Para orientarse, importa aprender a separar lo que se siente. Una distorsión modifica la percepción de algo que efectivamente existe, como tener la sensación de que una habitación se encogió o se agrandó de un momento a otro. Una alucinación, en cambio, supone percibir algo sin que haya un estímulo externo que lo produzca: voces, imágenes o figuras que solo están en el campo de quien las vive. Un delirio es otra cosa: es una creencia fija que se mantiene aunque haya pruebas en contra, y que suele estar asociada a cuadros psiquiátricos o neurológicos que requieren tratamiento específico. Distinguir entre estas tres experiencias no es un ejercicio teórico: es la base sobre la que el profesional decide qué estudios pedir y qué cuadro sospechar.

  • Distorsión: modifica algo que existe, como percibir una habitación más grande o más chica de lo que es.
  • Alucinación: aparece sin un estímulo externo, como ver figuras o escuchar voces que nadie más percibe.
  • Delirio: es una creencia firme y sostenida en el tiempo, que se mantiene pese a la evidencia contraria.

Ver cosas que los demás no ven no indica, por sí solo, una enfermedad psiquiátrica. Existe el síndrome de Charles Bonnet, una condición que puede presentarse en personas con pérdida importante de visión y en la que aparecen imágenes complejas que el propio paciente suele reconocer como irreales. En estos casos, la evaluación contempla exámenes neurológicos y cognitivos, y en presentaciones atípicas se piden estudios de neuroimagen para descartar otras causas que puedan estar en el origen del cuadro.

Algo similar ocurre con las alteraciones del tamaño aparente del cuerpo o del entorno, que pueden responder al llamado síndrome de Alicia en el País de las Maravillas. Una revisión de 169 casos publicada en la literatura médica encontró que, en adultos, la migraña es la causa más frecuente, mientras que en menores de 18 años predominan las encefalitis. La conclusión es clara: cada edad y cada contexto piden un abordaje distinto, y la etiqueta de un síndrome no reemplaza al estudio de su origen.

Cuando la convicción se vuelve síntoma

Hay manifestaciones que comprometen de manera directa las creencias sobre uno mismo o sobre los demás, y que suelen ser las más difíciles de abordar en una consulta. Pueden incluir la convicción de no existir, de haberse transformado en un animal o de que una persona cercana fue reemplazada por un impostor. Frente a estos cuadros, los especialistas insisten en que la conducta no debe interpretarse como voluntaria ni como un capricho: requiere atención profesional inmediata, porque detrás puede haber un cuadro orgánico, un episodio psicótico o una causa neurológica que demanda tratamiento específico. Lo mismo ocurre con los celos delirantes, que no se confunden con los desacuerdos habituales de pareja sino que se imponen como una certeza rígida que deteriora los vínculos y la vida cotidiana.

Cuando alguien siente que tiene organismos sobre la piel o debajo de ella, la evaluación clínica debe descartar primero una infestación real y otras causas médicas antes de considerar un diagnóstico psiquiátrico primario. Entre esas posibles causas figuran déficits vitamínicos, trastornos tiroideos, infecciones y consumo de sustancias. El tratamiento, aclaran los profesionales, depende de lo que el estudio arroje, y por eso la consulta temprana suele ser la diferencia entre un cuadro que se resuelve y uno que se cronifica.

Si algo de lo que se describe en esta nota resuena en lo que vos o alguien cercano atraviesa, no lo dejes pasar. Pedir una evaluación no es exagerar, es cuidarse. La consulta está abierta, y el primer paso siempre es hablarlo.

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Micaela YapuraComunidades y territorio

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