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Cuando decir no es un acto de amor: por qué los límites importan desde la cuna

Especialistas en crianza insisten en que poner reglas claras no es autoritarismo sino una forma de cuidado. Qué pasa cuando el diálogo reemplaza a la firmeza y cómo encontrar un punto de equilibrio entre el afecto y la autoridad.

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Jimena CruzSociedad y salud · 27 DE AGO DE 2026 · 3 min de lectura

Camila tiene 4 años y vive en un barrio abierto de La Plata, donde los chicos corren hasta que se hace de noche. El domingo pasado su padre, Juan, le dijo que ya era hora de guardar la bicicleta y ella respondió con un berrinche que duró veinte minutos. Juan, que suele evitar el conflicto, terminó cediendo. Esa noche, mientras Camila seguía pedaleando bajo la luz del farol, él se quedó pensando en algo que había leído la semana anterior: que cada vez que un adulto mueve el límite para esquivar un disgusto, le está dando al chico un mensaje confuso sobre lo que puede esperar del mundo.

La advertencia aparece en una charla reciente con dos psicólogas especializadas en crianza. Según datos de la Organización Mundial de la Salud, uno de cada siete adolescentes de 10 a 19 años en el mundo padece algún trastorno mental, y los especialistas remarcan que aprender a tolerar frustraciones tempranas es una de las llaves para la salud emocional futura.

Autoridad no es lo mismo que autoritarismo

Para la psicóloga infantojuvenil Ivana Raschkovan, autora del libro Infancias respetadas, conversar con los hijos no quita autoridad; al contrario. La pérdida de autoridad ocurre cuando el adulto le teme al conflicto y lo evita. Si para esquivar un berrinche terminamos moviendo el límite, el mensaje se vuelve sumamente confuso, señala.

La especialista distingue con claridad los dos términos. El autoritarismo es un abuso de poder. Respetar a niños y adolescentes no equivale a dejarlos hacer lo que quieran: el respeto está en el buen trato, no en la ausencia de normas.

“Los límites son indispensables para aprender a vivir en sociedad. La vida misma ya presenta dosis diarias de frustración: hay que ir a dormir aunque quieran seguir jugando, no se puede almorzar caramelos, hay que dar la mano para cruzar la calle. Esas pequeñas frustraciones cotidianas van construyendo la tolerancia a la frustración.”Ivana Raschkovan, psicóloga infantojuvenil

Tres estilos, un punto de equilibrio

En los años sesenta, la psicóloga Diana Baumrind describió tres estilos de crianza que todavía se usan como mapa de orientación:

  • Autoritario: reglas rígidas, poca escucha y alto grado de control.
  • Permisivo: mucho afecto, pero límites difusos por miedo al enojo del hijo.
  • Democrático o autoritativo: combina normas claras con diálogo y contención afectiva.

La psicóloga Deborah Bellota coincide en que el último es el más recomendado, aunque advierte que muchos padres que se reconocen permisivos son, en el fondo, muy afectuosos que no ponen límites por miedo a que el hijo se enoje con ellos. Esa dinámica puede favorecer la autoestima, aunque también genera dificultades para autorregularse, baja tolerancia a la frustración y resistencia a figuras de autoridad.

Aprender a decir no, y a sostenerlo

Bellota agrega que el trabajo del adulto no termina cuando dice no. Acompañar la negativa con palabras, explicar el porqué y sostener la posición aun cuando el chico protesta es lo que convierte una regla en aprendizaje. Si un nene no experimenta el no en un entorno seguro, es posible que no desarrolle los recursos emocionales suficientes para procesar situaciones difíciles fuera de casa.

Para familias que quieran profundizar, la Secretaría Nacional de Niñez, Adolescencia y Familia (SENAF) ofrece orientación gratuita en su línea 102, activa las 24 horas, donde se pueden consultar dudas sobre crianza y acceder a centros de atención en todo el país. También la obra social de cada provincia dispone de gabinetes psicopedagógicos donde se evalúan situaciones puntuales con equipos interdisciplinarios, generalmente de lunes a viernes de 8 a 18.

JC
Jimena CruzSociedad y salud

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