Cuando Brad Pitt se perdió en el Himalaya y encontró otra vida
La película de Jean-Jacques Annaud rescata la historia de Heinrich Harrer, un alpinista austríaco que pasó del cautiverio a entablar amistad con el Dalai Lama. Un repaso por un film que también dejó huella fuera de la pantalla.

Me crucé con un jubilado en el video club de mi barrio, cerca de la estación de tren, que ya había visto la película dos veces y me dijo, mientras acomodaba una caja de cintas gastadas: «A mí me cambió la cabeza, pibe. No es una más de aventuras». La verdad es que esa frase me quedó dando vueltas, y por eso me animé a revisitar Siete años en el Tíbet, ese film de 1997 que tiene a Brad Pitt como protagonista y a Jean-Jacques Annaud firme en la dirección, y que todavía sigue dando que hablar.
La historia arranca en 1939, cuando Heinrich Harrer, un alpinista de élite interpretado por Pitt, decide separarse de su esposa, que está esperando un hijo, para sumarse a una expedición al Himalaya. Lo que empieza como una aventura deportiva se transforma cuando estalla la Segunda Guerra Mundial: Harrer queda prisionero y el viaje deja de ser el centro de la película. «Yo me fui buscando una montaña y volví con otra vida», me había comentado una señora en un festival de cine de barrio, y esa copla callejera me parece la mejor síntesis de lo que cuenta Annaud.
Del cautiverio al encuentro con el Dalai Lama
Después de años preso, Harrer consigue escapar y su recorrido lo termina depositando en el lugar donde vive el Dalai Lama, todavía un niño. Ahí se construye una amistad que corre el eje de la narración: ya no importa tanto la escalada, sino el vínculo entre los dos y cómo ese encuentro empieza a modificar al protagonista. «Caminando se aprende lo que nadie enseña», le dijo alguien al amanecer en una plaza de Tilcara, y esa frase me sirve para resumir el espíritu del film, que combina dos planos: lo que le pasa a Harrer y el contexto político que se va armando alrededor, con la preparación china de la invasión al Tíbet como telón de fondo.
- Viaje por el Himalaya con un alpinista de élite como punto de partida
- Cautiverio durante la Segunda Guerra Mundial que cambia los planes
- Fuga y llegada al lugar donde reside el Dalai Lama
- Amistad entre Harrer y el líder tibetano como eje del relato
- Contexto de la preparación china para invadir el Tíbet
Lo que no muchos recuerdan es que la película también tuvo consecuencias concretas fuera de la pantalla. En 1997, China prohibió los estrenos de Sony, la distribuidora, y esa restricción se mantuvo durante todo ese año. Además, a Pitt y a Annaud les aplicaron prohibiciones de ingreso al país que, en principio, iban a ser de por vida. «Pagar el precio de contar una historia», me dijo un viejo proyectorista mientras enrollaba un rollo, y la frase me volvió a la cabeza cuando supe cómo siguió la historia.
Con el tiempo, las restricciones se fueron aflojando. Annaud pudo entrar a China en 2012 y después filmó allí El último lobo. Pitt, en tanto, recién pudo ingresar en 2014. Son datos que acompañan la trayectoria de un film que, más allá de la aventura, termina siendo un recorrido sobre cómo una persona puede cambiar cuando se cruza con otra muy distinta. Yo, que soy de los que se sienta en la butaca con el paquete de pochoclos y la expectativa a full, confieso que vuelvo a esa historia cada tanto, porque siempre le encuentro algo nuevo.
«Las montañas no se mueven, pero mueven a la gente», escuché decir a un arriero al amanecer, mientras arreaba sus mulas por un camino de ripio, y me parece la mejor manera de cerrar esta nota sobre una película que todavía invita a preguntarse qué pesa más: si el viaje por el Himalaya o la amistad de Harrer con el Dalai Lama.
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