Bajo un cielo argentino: una década persiguiendo estrellas en los paisajes del norte y el centro
El astrofotógrafo Gonzalo Santile recorrió el Valle de la Luna, Cafayate, Talampaya y las Salinas Grandes con su cámara como compañera de viaje. Su experiencia deja lecciones prácticas para quien quiera animarse al astroturismo sin improvisar.

La primera vez que uno se interna hacia el Valle de la Luna, en San Juan, lo hace con la luz del sol como aliada. El camino es largo, de tierra suelta en algunos tramos, y el paisaje ya de día impone respeto con sus formas erosionadas que parecen de otro planeta. Yo lo recorrí pensando en la noche que venía: había quedado con un astrofotógrafo que lleva más de diez años saliendo a cazar estrellas en los rincones más variados de la Argentina, desde Cafayate hasta el Cordón del Plata mendocino, pasando por Talampaya, las Altas Cumbres cordobesas y las Salinas Grandes jujeñas. Su nombre es Gonzalo Santile y lo que hace, según me contó mientras revisábamos los equipos, es una mezcla de paciencia, técnica y bastante caminar.
Para llegar al Valle de la Luna desde la ciudad de San Juan hay que calcular unas tres horas de viaje por ruta y luego un tramo final de ripio. A Cafayate, en cambio, se llega desde Salta capital en aproximadamente cuatro horas, atravesando la quebrada de las Conchas, que ya de por sí justifica la escapada. En ambos casos el gasto principal no es el alojamiento sino la nafta, los viáticos y, si se opta por una salida nocturna organizada, el pago del guía, que suele rondar los diez mil pesos por persona dependiendo de la época.
Lo que se ve y lo que muestra la cámara
Hay algo que Santile repite cada vez que puede y que a mí me dejó pensando: lo que uno ve en sus fotos no es exactamente lo que ven los ojos en el momento. Los colores intensos, las nubes de gas que parecen colgar sobre las montañas, los reflejos imposibles en espejos de agua que sólo aparecen después de una lluvia, todo eso surge de exposiciones que pueden durar varios minutos. Algunas de sus panorámicas, me explicó, son el resultado de juntar tomas hechas a lo largo de varias noches seguidas en el mismo lugar.
“En parques nacionales o provinciales hay que solicitar los permisos correspondientes y no se puede ingresar solo de noche; siempre voy acompañado por un guía o guardaparques.”Gonzalo Santile, astrofotógrafo
Ese dato no es menor. Antes de pensar en equipo fotográfico o en la cámara perfecta, hay que entender que la mayoría de las áreas protegidas del país no permiten el ingreso nocturno sin autorización y sin un acompañante habilitado. Santile me contó que incluso con todos los papeles en regla, una tormenta en el norte de Córdoba lo obligó a esperar varias horas hasta que el agua acumulada sobre las salinas se calmara y pudiera, recién ahí, capturar el reflejo de las estrellas en esa superficie cubierta.
El viento, me dijo Santile, es el enemigo silencioso de este tipo de fotografía. De nada sirve haber manejado quinientos kilómetros si una ráfaga sacude el trípode o si las nubes cubren el cielo justo cuando la Vía Láctea empieza a asomar. Por eso consulta los pronósticos climáticos con varios días de anticipación y lleva siempre un plan B cercano, porque a veces hay que resignarse y volver otro fin de semana.
Cuando el regreso se complica
Hay una anécdota que Santile cuenta con una sonrisa pero que deja pensando. En una visita a las Salinas Grandes de Jujuy, él y un artesano local que lo acompañaba se desorientaron al volver. Dieron vueltas un buen rato hasta que finalmente encontraron una salida a pocos metros de donde habían entrado. En otra oportunidad, la batería de su teléfono se agotó en medio de la nada y su familia, sin noticias, terminó organizando una búsqueda. Son cosas que parecen exageradas hasta que uno está parado en un salar a las tres de la mañana sin señal ni luna.
Más allá de los sobresaltos, lo que Santile destaca es el potencial enorme que tiene el país para desarrollar el astroturismo. Pocas zonas del mundo ofrecen cielos tan limpios y tan variados como los del oeste argentino, y cada vez son más los operadores locales que ofrecen salidas guiadas con interpretación del cielo. Después de escucharlo y de ver sus imágenes, una se queda con ganas de cargar el tanque, revisar la cámara y escaparse una noche entera a mirar hacia arriba.
Antes de cerrar la nota, le pedí un consejo práctico a alguien que vive en Cafayate y que organiza salidas nocturnas hace años: don Carlos Aráoz, dueño de una hostería familiar en las afueras del pueblo. Me dijo algo simple y que me quedó dando vueltas: la mejor cámara es la que uno tiene en la mano, pero el mejor cielo es el que uno se toma el trabajo de ir a buscar. Habrá que hacerle caso.
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