Azcuénaga, el pueblo de los diez tenedores que espera a 100 kilómetros de Buenos Aires
A una hora y media de la Capital, este enclave de 350 habitantes combina restaurantes de autor, una fonda centenaria y caminos rurales para una escapada con sabor a campo.

Salí de Buenos Aires por la Panamericana con la idea de almorzar rico y volverme con los pelos del pueblo llenos de pasto. Cien kilómetros después, después de una hora y media de manejo más o menos tranquilo si no hay piquete a la altura de Campana, el asfalto me dejó en Azcuénaga, un pueblo chiquito de 350 habitantes que vive en cámara lenta. Acá el tiempo se mide en cosechas, en olor a pan recién hecho y en el murmullo de las bicicletas que pasan por los caminos rurales.
Lo primero que aprendí es que en Azcuénaga se come muy bien, pero hay que llegar con reserva hecha, sobre todo si la idea es caer un domingo. La movida gastronómica reúne diez restaurantes que abren mayormente los fines de semana, y entre semana el buffet del Club Recreativo Apilo, a cargo de Marcelo Santander y Marcela Ronco, salva a quien se anime a aparecer sin aviso con sus milanesas y ravioles caseros.
Diez mesas para elegir, del osobuco a la cocina francesa
- Almacén C&T, dentro de la antigua Casa Terren de 1912 recuperada por la familia Coarasa, con carnes y picadas para compartir.
- La Porteña, donde las pastas y el osobuco con risotto de calabaza son la estrella de la carta.
- Lo de Grace, en una construcción rodeada de campo, con parrilla y pasta libre para repetir sin culpa.
- Cucina de Santo, con su propuesta de pastas y mariscos que sorprende en medio de la llanura.
- Le Four, donde la cocinera Vanesa Plaza sostiene una cocina francesa con platos como el cordero con ciruelas.
- La Posta y Silvestre, que completan el circuito y tientan al peregrino del tenedor.
- El buffet del Club Recreativo Apilo, el refugio de quienes se escapan entre semana.
El recorrido a pie es una delicia. Con apenas unas manzanas se pasa del caserío antiguo al campo abierto, y por los caminos rurales circulan bicicletas y motos, aunque hay que ir con ojo: según el día, uno se puede encontrar con barro hasta el tobillo o con un terreno tan seco que levanta polvo. En los alrededores, si uno mira con paciencia, aparecen liebres, vizcachas y hasta alguna lechuza posada en los alambres.
Dónde dormir y qué llevarse en la valija
Para quienes quieran quedarse a dormir, el pueblo ofrece opciones para todos los gustos. La Piamonte levantó habitaciones en el edificio que supo ser la Fonda de Sforzini de 1903, justo frente a la estación ferroviaria, una restauración que vale la pena conocer de cerca. La Magnolia funciona en una casona rural con todo el silencio del campo, Rancho Aparte suma cabañas con pileta para el verano, y El Nido es otra alternativa bien dentro del pueblo. Algo más alejados, ya sobre el camino, están Los Vagones de Areco, una opción distinta para los que buscan dormir literalmente sobre rieles.
Antes de irse hay dos paradas obligadas. La Moderna es una panadería fundada en 1917 donde Laura González y sus hijas siguen elaborando galleta de campo en horno a leña, y el pueblo todavía huele a masa tibia temprano por la mañana. Y si queda tiempo, la capilla Nuestra Señora del Rosario, inaugurada en 1907 y abierta por Ramona Lescano los fines de semana, cierra la jornada con una cuota de calma bien de pueblo.
La recomendación del lugareño
“Yo siempre le digo a la gente que arranque reservando en La Porteña o en Le Four, y que después se dé una vuelta por los caminos rurales en bicicleta. Si tienen la suerte de que llovió los días previos, el campo queda hecho una pintura y se escuchan las liebres a metros del alambrado. Y ni se les ocurra volver sin pasar por La Moderna: la galleta de campo con manteca es una de las cosas más serias que probé en mi vida.”Ramona Lescano, encargada de la capilla Nuestra Señora del Rosario
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